El perrito que fue a morir al paraíso

Llegué al malecón para apreciar el atardecer cuando, en mi lugar habitual de descanso, apareció un perrito callejero. Nuestras miradas se encontraron y, de inmediato, noté el infortunio que le acompañaba: un cuerpo demacrado y una pata rota. “No tardará en morir” pensé. Me acerqué lentamente con intenciones de darle algo: un pedazo de manzana, una caricia o simplemente una compañía. Sin embargo, me miró con fastidio, se levantó y cojeando se alejó en busca de otro lugar. Lo dejé partir para que muriera en paz.