Paralelo – Capítulo 5: Hedonismo
Gregor se precipitó con la mujer, abrazando con firmeza su decisión. La mujer, drenada de toda energía y esperanza, se hallaba sollozando, en un silencio pesaroso. Con un gesto cuidadoso, se agachó junto a ella, y con suavidad volteó al niño.
(¡Pum!… ¡Pum!…)
Conocía su rostro. Se trataba de uno de los niños que pertenecían al grupo de huérfanos de Anigma, cuya subsistencia dependía de sus fechorías entre la muchedumbre. Lo extraño de la situación era que sus miembros tenían prohibido relacionarse con un adulto.
< Y entonces ¿quién es ella? > pensó él mientras acercaba su oído al rostro del pequeño.
(¡Pum!… ¡Pum!…)
Aún respiraba ligeramente.
– ¡Ayúdame! Toma sus brazos y yo levanto sus piernas, conozco a alguien que puede ayudarnos – urgió él.
– Está muerto… está muerto… está muerto… – murmuró la mujer aferrándose del cuerpo del niño.
– ¡Aún respira! ¡Apúrate carajo! – insistió, levantando la voz.
Ella parecía no notar su presencia ni escuchar sus palabras, así que, ante su silencio, Gregor tomó el rostro de la mujer con decisión, agitándolo ligeramente para capturar su atención. Sus miradas se cruzaron; los ojos de ella, empañados de lágrimas, en un inicio parecían ver más allá de él, atrapados en algún recuerdo doloroso. Sin embargo, la leve sacudida la reconectó con el momento presente, y su mirada adquirió de pronto una claridad inesperada. La tristeza en su rostro se disipó rápidamente, dando paso a una expresión impregnada de rencor.
– ¡Todo es tu culpa Javier! ¡Tu pinche culpa! ¡Eres un estúpido! ¡Si tan solo hubieras llegado antes! Si tan solo… – exclamó, sumida en emociones negativas.
Gregor se encontraba congelado, desconcertado por el giro abrupto de acontecimientos. Era consciente de que el niño no pertenecía a la mujer y de que había algo profundamente errado en su comportamiento. Parecía que su mirada, cargada de fantasmas del pasado, no lo veía a él sino a alguien más, alguien que ella creía ver en su lugar.
En ese instante de desconcierto, el corazón de Gregor dio un vuelco inesperado al percibir una mano posándose sobre su hombro.
– ¡Vecino! ¿Qué pasa? – se escuchó tras él una voz conocida y grave para provenir de una mujer.
Era Runa, su vecina treintona del segundo piso que usualmente se formaba en la fila del Reparto con cinco horas de anticipación.
– ¡Runa! El niño está muriendo, tenemos que llevarlo con Igor. Y ella… ella no responde – contestó con urgencia.
– ¡Mira su piel! ¡Se está pudriendo! ¡Es una drogadicta! – exclamó abriendo sus relucientes ojos grises que parecían brillar en contraste con su piel morena y con su cabello cano, corto y estilizado.
Gregor no lo había notado antes, pero los brazos y las piernas de la señora estaban marcados por la necrosis. Existía una sola droga capaz de tales estragos: el Sueño Negro, la más perjudicial y, además, la más demandada por su bajo costo.
Esta droga se elaboraba con químicos baratos obtenidos de los restos de la maquinaria arcaica y sustancias de origen misterioso. Los efectos secundarios completos eran desconocidos, pero no hacía falta ser científico para entender que el Sueño Negro achicharraba el cerebro y generaba una adicción inmediata, cuya abstinencia podía provocar un dolor insoportable, incluso la muerte. A pesar de todo, la demanda de esa sustancia aumentaba. Se decía que alteraba la percepción radicalmente, transportando al consumidor a un mundo de sosiego y amor, comparable al de un bebé en el útero de una madre amorosa. Un mundo de ensueño tan perfecto que, visitarlo, creaba un anhelo indomable a quien lo recordaba en su sobriedad. Entonces, la realidad comenzaba a desvanecerse, transformándose en una búsqueda obsesiva de ese refugio efímero, esa única razón de existir que hacía palidecer al mundo ordinario con cada dosis consumida. Uno a uno, los usuarios quedaban aprisionados en una espiral autodestructiva, una danza con la muerte, pintando de negro su cotidianidad y sobriedad, y alejándose irremediablemente, debido a la rápida tolerancia a la droga, de una perfección que, con el tiempo, se convertía solo en un susurro en sus recuerdos, su Sueño Negro.
– ¡Apresúrate! ¿Qué estás haciendo? – exhortó Runa, con una mirada que reflejaba urgencia.
– ¿Y la mujer? ¿Qué hacemos con ella? – respondió vacilante.
– ¡Olvídate de ella! ¡Ella ya está muerta! –.
– Pero… pero… – balbuceaba indeciso.
– ¡Cállate y ayúdame a levantar al niño! – cortó ella, impaciente.
Juntos, arrebataron al niño de los brazos esqueléticos y debilitados de la mujer.
– ¡No! ¡Regrésenmelo! ¡Es mío! ¡Solo mío! ¡Mi cría! ¡Mi todo! – gritaba, desgarrada, intentando vanamente aferrarse a él con las pocas fuerzas que le restaban.
Cargando al niño, Gregor sosteniendo sus piernas y Runa sus brazos, caminaron, alejándose de los gritos de la drogadicta y de los espectadores pasivos. Afortunadamente, la altura y la fuerza del cuerpo atlético de Runa, les permitía moverse con rapidez. Así, cruzaron Carnaval en un silencio tenso y observando el caos provocado por las bizarras actividades mañaneras de la muchedumbre.
– ¡Incienso! ¡Sueño Negro! ¡Puntas! ¡Alcohol del noventa y cinco! ¡Unas por otras! – se escuchaba a un vendedor ambulante joven y demacrado, enumerando una amplia gama de sustancias desde su abrigo abultado.
¡Armas al mejor precio! ¡Cuchillos, Navajas, Martillos y Hachas! ¡Aceptamos comida y sangre!
Decía un cartel en la acera opuesta en uno de los múltiples changarros de armas del territorio.
El peso del niño se hacía cada vez más notorio para Gregor, agotado por la falta de sueño y comida. Runa, en cambio, parecía inquebrantable, su fortaleza física igualaba a la de cualquier hombre.
– ¡Quiere sangre, vende sangre! ¡Quiere sangre, vende sangre! ¡Diez latas por litro! ¡No pierda esta oportunidad! ¡Diez latas por litro! – resonaba una voz masculina a través de una bocina del lado derecho de la calle, proveniente de una casa de cambio.
¡Llévese la suya! ¡Tenemos del color que desee! ¡Piel 100% humana!
Otro changarro que anunciaba al público sus productos, destacando entre ellos una colorida variedad de máscaras y de bolsos.
Siguieron su camino por Carnaval hacia el este por varios minutos, hasta que lo absurdo se manifestó, cuando un cadáver junto al bar Astral capturó la atención de Gregor. Era el anciano que se había despedido de la mujer joven previo al Reparto, ahora tendido inmóvil bocabajo, como si hubiera usado su último aliento arrastrándose como gusano. Luego, casi inmediatamente, uno de los esclavos del bar, emergió de la puerta vaivén, se acomodó al anciano en el hombro como un costal de papas, dirigiéndoles una mirada agresiva, como reclamando propiedad, y volvió a desaparecer por la misma puerta. Los cadáveres, incluso los de los ancianos, aún tenían su valor. A pesar de la dureza de su carne desgastada por el tiempo, sus órganos internos seguían siendo un buffet exquisito y variado de sabores, según decían sus consumidores.
A su alrededor, la vida en Carnaval seguía su curso: un vejete jorobado conversaba animadamente con otro de pierna de palo, unos adolescentes robaban la comida que una señora cargaba con dificultad, y dos guardias observando el delito y haciéndose de la vista gorda.
– Ya no puedo… pesa demasiado – jadeó Gregor, agotado.
Runa, quien se encontraba igual de cansada por cargar simultáneamente sus provisiones, apenas respondió.
– Ya casi … solo unas cuadras más… –.
Al llegar a la explanada principal de Anigma, iluminada por postes de luz, se abrió ante ellos un mundo de comercios y multitudes. Además, en el centro, un grupo de personas se conglomeraba, sosteniendo carteles y vociferando a todo pulmón, entregados al odio y al resentimiento. Miraban hacia el sur, hacia la guarida de la Matriarca.
– ¡Si no bajan los precios, desmadre les haremos! ¡Si no bajan los precios, desmadre les haremos! – clamaba enajenada la multitud.
– ¡Necesito descansar! – exclamó Gregor, colocando al niño en el suelo. – Todavía respira. Es débil, pero sigue con vida – agregó, acercando su oreja al rostro del niño.
La guarida dominaba la vista, un enorme bloque metálico de tres pisos custodiado por vallas de hierro con púas pintadas con la sangre de sus atacantes. Los guardias en los ventanales parecían inmutables ante la barahúnda, acostumbrados a los movimientos sociales de odio y resentimiento.
– ¡Si no bajan los precios, desmadre les haremos! ¡Si no bajan los precios, desmadre les haremos! – repetía la muchedumbre al unísono.
Mientras descansaban, de repente, un grito resonó por la explanada, estridente como una alarma. Venía de la azotea de la guarida, donde uno de los guardias, con binoculares en mano, señalaba hacia la marcha social, cerca de donde Gregor y Runa descansaban. La barahúnda se silenció momentáneamente, conmocionada por el grito. Sin embargo, tras unos instantes, los gritos del movimiento social reanudaron de inmediato.
– ¡Pinches opresores! – insultaban unos.
– ¡Se los va a cargar la verga! – advertían otros.
– Vámonos ahora. Esto no huele bien – le dijo imperativamente Gregor a Runa.
– Sí, vámon…
(¡Pum!… ¡Pum!…)
Antes de que alzaran nuevamente al niño, algo se aferró del brazo de Gregor y lo jaló con fuerza. La sorpresa le impidió resistirse, y sus manos perdieron el agarre de las piernas del niño. Giró desesperadamente, buscando una vía de escape, pero en cuestión de segundos, se encontró rodeado por tres guardias. No había salida posible.
– Acompáñanos. Ella, la Matriarca, exige verte – ordenó el enorme sujeto que lo tomó por el brazo.
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