Paralelo – Capítulo 31: El que se enoja, pierde
Gregor paseaba inquieto con un andar temeroso y nervioso. Cada paso parecía medido y cada gesto mostraba la ansiedad que lo consumía. Había planeado meticulosamente cada detalle, pero sabía que la teoría y la práctica, sobre todo en asuntos humanos, rara vez se alineaban a la perfección. Conocía a profundidad, según él, a los personajes a quienes estaba por seducir, pero la duda controlaba a su cuerpo físico.
(¡Shik!… ¡Shik!…)
Pluma, en contraste, permanecía tranquilo, sentado en un escalón afuera del metro y trazando garabatos en el suelo terroso despreocupadamente. Diez minutos de silencio pasaron, y finalmente, emergiendo de la densa niebla, apareció el lujoso auto negro de Yo.
(¡Shik!… ¡Shik!…)
– ¿Estás listo, perro? – preguntó Pluma.
El vapor de su aliento formaba nubes fugaces en el aire frío.
– Listo o no – respondió Gregor con un a voz apenas audible entre el crujido de sus manos frotándose, en un vano intento por calmar sus nervios y contrarrestar el frío.
– Relájate. Cualquiera a kilómetros podría notar que te estás cagando – comentó levantándose y dándole un golpe en el brazo. – ¿Recuerdas lo que te dije cuando regresábamos de tu primera reunión? –.
La memoria de Gregor intentaba aferrarse a las palabras de Pluma, pero su mente, nublada por sus emociones, le jugaba malas pasadas. Sacudió su cabeza, casi suplicando que Pluma repitiera su consejo, deseando que esa sabiduría sosegara su tormenta interior.
– Este es tu momento para convertirte en un verdadero guerrero, Gregor. Te diriges al corazón de la batalla, donde no hay espacio para dudas ni temores. Ya has creado un plan, un plan en el que la Jefa confía. Ahora, lo que debes hacer es confiar en ese plan. Deja de pensar demasiado y enfoca tu mente en el presente, en cada movimiento que realices. Agudiza tus sentidos y confía sobre todo en tu espontaneidad, en tu capacidad de actuar en el momento, porque el exceso de lógica podría sabotear todo. Nada más mírate – dijo, soltando un suspiro. – En la guerra, el más mínimo titubeo puede ser letal, así que componte de una vez. El guerrero no es una hoja a merced del viento. El guerrero utiliza al viento, al que le es imposible controlar, para dirigir su propio destino –.
Gregor asintió, agradecido, mirando el auto que ya casi llegaba.
– Recuerda el plan a detalle. Para tener éxito no podemos fallar ni un poco – dijo Gregor con voz firme, tratando de ocultar su inquietud.
– No te preocupes, perro, lo tengo todo bajo control – respondió, con una seguridad que infundía confianza.
El auto se detuvo frente a ellos. Gregor respiró hondo y se despidió de Pluma con un gesto firme. Abrió la puerta del vehículo y se acomodó en el asiento trasero. La calefacción lo envolvió con un calor reconfortante y, simultáneamente, detectó un olor a humo que lo llevó de vuelta a la realidad. Cerró la puerta con suavidad, y en ese instante, el auto partió hacia su destino.
Sam lo miró con sorpresa al entrar. – ¡Vaya, vaya, paps! ¿Cómo estás, rey? – dijo con un tono repleto de una sorpresa fingida. – Dime, ¿a qué debo el honor? ¿Cuál es tu misión? ¿De qué me quieres convencer? – agregó, esbozando una sonrisa que desbordaba arrogancia, dejando claro que estaba al tanto de los motivos detrás de su compañía.
Gregor sostuvo su mirada por unos instantes, antes de replicar, sin mostrar expresión alguna.
– Parece que me has descubierto – respondió finalmente Gregor con un tono de falsa sorpresa y levantando las manos. – Eres todo un picudo, Sam. ¡Todo un detective! ¡Cuidado con el gran Sherlock Holmes! – añadió con un sarcasmo evidente, acompañado de una carcajada forzada por su propio chiste.
Sam se quedó momentáneamente sorprendido por la respuesta inusualmente directa y desenfadada del representante de Anigma.
– Voy a ser directo contigo – dijo Gregor. – porque con tipos astutos como tú, no tiene sentido andar con rodeos. Estoy aquí, como bien dices, para explicarte por qué te conviene apoyarnos en la próxima reunión con la iniciativa que presentaré hoy –.
Sam, inhalando de su cigarrillo recién encendido, lo miró con curiosidad y dijo.
– Curioso que me pidas tal cosa, considerando que siempre has votado en contra de mis propuestas. ¿Cómo puedes hablar de cooperación ahora? ¿No sería recíproco, cierto, paps? –.
– Precisamente, quiero mostrarte el beneficio mutuo que obtendremos esta vez. Permíteme explicarte – dijo Gregor, preparándose para hacer su jugada.
– Adelante, sorpréndeme – respondió con una sonrisa asomándose entre el humo.
– Cada que te observo, mi querido Sammy, lo único que veo es una contradicción. ¿No quieres adivinar, señor detective? – preguntó sarcásticamente y riendo fuertemente. – Deja te explico con peras y manzanas para que entiendas, Sherlock. Por un lado, presentas una imagen de seguridad y determinación, la máscara del “lobo” como te gusta llamarte. Pero en realidad, estás más lejos de ese ideal de lo que te gustaría admitir; eres más parecido a aquellos a quienes criticas, un pobre borrego. No sé si reírme, o sentir asco, o simplemente lástima – agregó con soberbia. – Tus propuestas, que afirmas van a cambiar el mundo, no son más que palabras huecas diseñadas para beneficiarte a ti y a tus superiores, tus titiriteros. Eres un mero representante, como yo, un peón en el juego de aquellos que realmente controlan a tu sector. Te dicen qué decir, qué hacer, y tú obedeces sin cuestionar a cambio de unas cuantas migajas. Ellos son los verdaderos lobos. Tú, en cambio, no eres más que un borrego, uno que posee migajas, a las que tú consideras “fortuna” –.
Gregor guardó silencio, dejando que sus palabras calaran en Sam. Este, aunque se mantenía en apariencia calmado, su rostro delataba una ira contenida detrás de una sonrisa forzada.
– Pero debo reconocer algo – continuó Gregor. – Tu habilidad para enmascarar tus verdaderas intenciones es notable. Conviertes tus palabras en argumentos creíbles, aunque solo para aquellos que te escuchan por primera vez. Los que ya te conocen pueden ver el monstruo que se esconde adentro, lleno de miedo y de inseguridades, que más que atemorizar, despierta lástima –.
La ansiedad que Gregor había sentido momentos antes había desaparecido por completo, dejando lugar a una extraña, pero placentera, sensación de control y poder, como si algo lo hubiera poseído.
– Y yo conozco perfectamente a ese monstro que se esconde detrás de tu fachada, Sammy. ¿Quieres saber quién es? – preguntó, ladeando la cabeza ligeramente y mirándolo con mayor intensidad. – No es más que un niño indefenso. Un niño narcisista y malcriado, que ha aprendido a acaparar a costa de los demás, a criticar sin cesar, sabiendo en su interior que no es diferente a aquellos a quienes desprecia. ¡Pobrecito niño Sammy! ¡Pobre chiquitín! Creyéndose un ángel, cuando en realidad, no eres más que un perdedor atrapado en tus propias ilusiones de grandeza, incapaz de lograr algo verdaderamente significativo – exclamó, agudizando la voz, como hablándole a un bebé.
Gregor quedó en silencio por unos momentos, volviendo su mirada al exterior, relajando su carácter. En ese momento de pausa…
(¡Pum!… ¡Pum!…)
Sintió la fría y dura presencia de un objeto haciendo contacto con su sien.
– No entiendo por qué me cuentas todo esto, paps. Pero si pretendías ganarme para la próxima votación, lo has arruinado – dijo Sam, apuntándole con una pistola plateada y riendo con furia. – ¿Qué demonios pensabas? Pero, ahora que tengo el control, responde y sé conciso, que estoy harto de ti… ¿Por qué no debería apretar el gatillo? –.
Gregor soltó una carcajada maniática que reflejaba el brillo loco de sus ojos, enfrentando el arma sin rastro de miedo, lo que dejó a Sam aún más desconcertado.
– Para alguien que se cree detective, me sorprende que no hayas comprendido por qué te dije todo esto, mi querido Sammy. Dispara si quieres, incluso me harías un favor. Me liberarías de este mundo miserable y de mis responsabilidades. Pero sé que no lo harás, porque como dije, eres un niño indefenso, y los niños indefensos tienen miedo. Puede que no me temas a mí, pero sí a lo que la Matriarca haría si disparas. Yo no le temo a la muerte, pero tú sí. Ambos sabemos de lo que ella es capaz con quien se interponga en sus planes. He sobrevivido aquí más que cualquier otro representante de Anigma por una razón. Créeme, Sammy, si disparas, tu destino será incierto. Seguramente habitarás el infierno, deseando la muerte a la que tanto temes – agregó con una calma amenazante.
Sam bajó la pistola lentamente, guardándola en su saco. Se veía desconcertado y confundido, con la cola entre las patas. Permanecieron en silencio unos minutos, hasta que el auto giró en U y se estacionó. Habían llegado a Yo.
– Pero eso no es todo, chiquitín – dijo Gregor con una confianza aterradora. – Yo sé que la muerte no es lo que más te inquieta. Conozco algo más; algo que pareciera no tener importancia, pero que sé que te pone los pelos de gallina: que los demás descubran al niño indefenso e irresponsable que realmente eres, un pobre borrego, especialmente ella, la persona que amas, Nikita – dijo con un guiño y una risa burlona. – Pero tranquilo, Sammy, tu secreto está a salvo conmigo, a menos que…
– Que no vote a favor – interrumpió Sam con firmeza.
– ¡Exacto! El pequeño detective por fin acierta – exclamó, aplaudiendo con sarcasmo. – Decide lo que quieras. Luego veremos las consecuencias. Me pregunto qué pensarán los demás cuando se enteren de tu verdadera identidad –.
Reinó un silencio tenso. Ambos se observaban mutuamente, analizando la propuesta.
– Estás completamente loco… – murmuró Sam, finalmente.
Gregor soltó otra carcajada, abrió la puerta del auto y se dirigió a la entrada de Yo. Sam se quedó sentado, consumido por la ira que hervía en su interior. De repente, movido por un impulso, agarró la pistola y apuntó al locuaz personaje que se alejaba. Tras un momento de indecisión, bajó el arma y la guardó de nuevo. La magnitud de su cobardía superaba incluso a su ira.
El eco de los pasos de Gregor resonaba en todo el recinto mientras avanzaba rápidamente en busca de su siguiente presa. Para su fortuna, la encontró en uno de sus lugares habituales y aislada del resto.
– ¿Qué te parece esa pintura? – preguntó Gregor, señalando un óleo junto a donde se encontraban.
La pintura mostraba un hombre en sus treintas, crucificado en una cruz de madera. Abraham, de rodillas en su reclinatorio, se giró lentamente para contemplar la obra con detenimiento.
– Fascinante interpretación de la crucifixión. ¿Quieres saber lo que veo? – intervino Gregor, y sin darle tiempo al anciano de hablar, continuó. – Observo a un hombre que combina madurez con vestigios de juventud, atrapado en un enigma que no logro descifrar. Su cuerpo delgado y sufrido resalta la agónica situación en la que se encuentra. Pero lo más intrigante, lo que me confunde, es su expresión. Por un lado, transmite cansancio y dolor, pero por otro, sus ojos y cejas revelan un estoicismo y devoción impactantes – explicó, subrayando sus palabras. – No hay rastro de arrepentimiento, resentimiento o ira en su mirada, como si hubiera aceptado su destino voluntariamente. Luce la corona del sufrimiento y, aun así, dirige su mirada hacia arriba, hacia la luz, como si fuera su único consuelo previo a la muerte. Se dice que tenía treinta y tres años cuando lo crucificaron. ¿Tú a esa edad ya eras creyente? – lanzó la pregunta con un tono desafiante.
Abraham, incómodo, no respondió. Solo emitió un leve sonido con su voz ronca.
– Probablemente estabas en medio de tu búsqueda espiritual, o quizás ya la habías encontrado – dijo Gregor. – Pero lo que sí puedo decirte es que todo empezó en el momento en que una voz te incitó a dejar atrás tu vida miserable para embarcarte en una aventura. Al principio, te mostraste escéptico ante el mensaje, dudando del medio a través del cual te hablaba esa voz, algo que te parecía un sexto sentido. Así, durante años, desafiaste esa voz con toda la fuerza de tu razón, impulsado por un miedo paralizante. Sin embargo, sintiéndote profundamente roto por dentro, finalmente decidiste seguirla con fervor. No tenías nada que perder, ya que la única otra opción, morir, no era viable – agregó, y notando la falta de reacción en Abraham, continuó. – Así, superaste tus miedos y saliste de tu hogar, de tu zona de confort, aventurándote en tierras desconocidas. Al principio, te parecía absurdo seguir una voz que bien podría ser un producto de tu imaginación. ¿Cómo era posible confiar ciegamente en algo así? Pero con el tiempo, te diste cuenta de que tu valentía se traducía en conocimiento y recursos valiosos en cada nueva aventura. Este hecho transformó tu escepticismo inicial en una sólida certidumbre: la existencia de la voz –.
Se hizo un breve silencio. Gregor permanecía absorto en el óleo, mientras que Abraham, todavía hincado, empezó a mostrar signos de incomodidad a través de una mirada culposa.
– Descubriste lugares extraordinarios y conociste personajes fascinantes – afirmó Gregor con gran determinación. – Y fue en ese momento cuando comprendiste tu singularidad: al compartir tu experiencia sobre la voz, los demás te miraban con el mismo escepticismo con el que tú inicialmente dudaste de ella. Por un lado, ser elegido por la voz llenaba tu pecho de orgullo, pero, simultáneamente la indignidad te seguía de cerca, tus propios pecados y errores te atormentaban. ‘Soy tan solo un humano’, te recordabas a ti mismo en un intento de encontrar consuelo en tu vulnerabilidad. A pesar de tus dudas y pecados, la voz no se desalentó. Continuó guiándote a través de tus aventuras, depositando en ti una creciente carga de responsabilidades, hasta que finalmente te encomendó la tarea definitiva: ser el portavoz de sus enseñanzas –.
La conversación se detuvo brevemente mientras Abraham tosía con fuerza, un indicio revelador de una posible afección o molestia en los pulmones.
– Pese a tus pecados ocasionales, asumiste tu misión con gran responsabilidad a lo largo de los años – continuó Gregor. – Estas experiencias te hicieron crecer y madurar, transformándote en un hombre que compartía su sabiduría con los menos afortunados, inspirado por la figura del crucificado, a quien admirabas por la impecabilidad de sus actos – agregó, señalando el óleo. – Aunque un grupo de personas creyó en ti y te siguió con devoción, enfrentaste el rechazo y la difamación de muchos, quienes incluso te tildaron de loco. Sin embargo, tales contratiempos no mermaron tu espíritu; tu resiliencia te mantuvo inquebrantable en tu misión. Y en reconocimiento a tu perseverancia, la voz continuó premiándote con generosidad –.
Gregor guardó silencio por un momento, luego se sentó junto a Abraham. Colocó una mano en su hombro frágil y retomó la palabra.
– Amasaste conocimientos, riquezas y seguidores, atrayendo simultáneamente escépticos que dudaban de tus enseñanzas. Tus devotos seguidores se sometieron ciegamente a tu voluntad, en espera de una guía. Pero, los numerosos escépticos te despreciaban y envidiaban, difundiendo rumores maliciosos y buscando activamente tu caída. Entonces, te diste cuenta de que la misión de enseñanza encomendada por la voz se volvía cada vez más ardua, mientras que tu vida se tornaba más cómoda gracias a las riquezas acumuladas. Y entonces, con el paso del tiempo, lo inevitable ocurrió: envejeciste. El espíritu aventurero que una vez te definió empezó a desvanecerse, y con él, tu fortaleza. Te llenaste de rencor hacia los escépticos, te volviste arrogante y ególatra. Dejaste de considerarte indigno y, en vez de sentir admiración por el crucificado, empezaste a identificarte con él. Abandonaste la voz que un día te guio y te salvó la vida. E inmediatamente después, ella dejó de hablarte – agregó, haciendo una pausa para observar el rostro del viejo.
Abraham, aún de rodillas, no mostraba intención de marcharse, pero su incomodidad era evidente
– Pero nada de eso te importaba ya. Poseías el conocimiento, los seguidores y los recursos necesarios para formar una secta que satisficiera tus deseos. Te convertiste en un viejo amargado, cuyo propósito ya no moraba en lo trascendental, sino en lo mundano, al igual que aquellos individualistas que juraste pelear con tu vida. Te volviste uno de ellos, pero peor. Al menos ellos creen en lo que predican. Tú, en cambio, solo repites las palabras que alguna vez te dijo la voz en beneficio propio. ¡Qué despreciable! – exclamó con un tono juicioso y crítico. – Predicas la humildad, pero eres tan soberbio como un tirano. Hablas de amor al prójimo, pero solo te amas a ti mismo. Proclamas la lucha contra el sufrimiento, pero vives en un palacio lleno de lujos sin levantar un dedo. ¿Dónde quedó la congruencia? ¿Dónde quedó la unidad que tanto alabas? Lo que alguna vez fue Dios para ti, se convirtió en un ídolo, un ídolo más –.
– No tienes idea de lo que estás hablando…
– ¿Que no tengo idea? ¿Y qué hay sobre los niños a los que mandas a llamar? ¿Crees que no sé lo que haces con ellos? – exclamó con un grito.
Hubo un momento de silencio, impregnado solo por el eco del grito. Gregor observaba al anciano con una mirada penetrante e inquisitiva, buscando respuestas. Al levantar su rostro, Abraham reveló a través de sus ojos un destello de culpa.
– ¡No sabes nada! – dijo el viejo con una voz temblorosa. – Lo que yo hice fue por amor, fue porque…
– ¿Por amor? ¿En serio eso te enseñó la voz? ¿O simplemente distorsionaste su mensaje para justificar tus retorcidos deseos? Tu debilidad ha condenado a esos inocentes a un futuro difícil. Y lo peor es que gracias a ti, algunos terminarán tan enfermos como tú. Eso es tu creación, tu fruto. Eres un demonio, no un santo –.
Abraham permaneció en silencio, reflejando una ira contenida que lo hacía temblar.
– ¿Has oído hablar de Octavio? – preguntó de repente Gregor.
No hubo respuesta.
– Para que lo recuerdes, te platico. Octavio es uno de los niños que violaste. No entraré en detalles, pero a pesar de ser un niño travieso y risueño, las consecuencias de tus pecados son evidentes. En pocas palabras, está arruinado, ¿entiendes? Todo por tu debilidad ante el dinero, el placer y el poder. No es de extrañar que la voz te abandonara, dejándote en tu propia miseria. Eso te convierte en un idólatra, venerando lo que alguna vez fue un mensaje divino, el pasado. Y conoces muy bien lo que tus textos dicen sobre los idólatras, ¿no es así? En resumen, tú también estás arruinado, mi querido Sumo Pontífice – dijo con un tono desafiante.
Gregor volvió su vista hacia la pintura del crucificado, respirando hondo.
– Te digo todo esto porque, como ya lo habrás deducido, necesito algo de ti. En la próxima reunión, vota a favor de la iniciativa que estoy por presentar. No necesito explicártela, pues ya sabes cómo funcionan las cosas aquí, con favores y compadrazgos – dijo, relajando su voz. – Sé que no te preocupa que revele tus actos depravados. Aún mantendrías gran parte de tu poder e influencia, tal vez no como Sumo Pontífice, sino desde las sombras. Eso no sería suficiente castigo para ti. Lo que te ofrezco hoy es una oportunidad para empezar un nuevo camino. Retomar el camino que alguna vez tomaste de joven – agregó, sin quitar la mirada de la pintura. – El camino hacia tu redención. Vota a favor, y ayúdame a salvar a la gente que amo, incluido Octavio – dijo, poniéndose de pie. – Aunque no te voy a mentir. Nada garantiza tu redención, y quizás incluso tras tu muerte, termines en el infierno. Pero debes comenzar en algún lugar. A Dios lo llamas Misericordioso, ¿verdad? Tal vez aún haya esperanza para ti, pero te aconsejaría que te des prisa, pues ya no eres nada joven. Así que tú eres quien decide… ¿Qué camino quieres tomar? ¿Recuperar ese espíritu aventurero y nuevamente sentir admiración por el crucificado? ¿O seguir en la hipocresía y el hedonismo? –.
Sus ojos se encontraron. El ceño de Abraham estaba fruncido, evidenciando una ira profunda, pero en su mirada había algo más: un auténtico arrepentimiento, reprimido y casi oculto.
(¡Chiiiiiir!)(¡Bang!)
El sonido chirriante de la puerta lateral irrumpió en la catedral. Jesús había entrado, señalando el inicio de la reunión. Con esto, Gregor terminó su discurso, dio otra palmada en el hombro del anciano y se dirigió hacia su asiento en la mesa redonda, preparado para presentar la iniciativa.
El techno melódico resonaba a todo volumen en el lugar abarrotado, pero la zona exclusiva donde se encontraban les permitía moverse con libertad y observar a la multitud danzante bajo las luces de neón duotono. La muchedumbre, en trance por la música, se perdía en una mezcla de olores intensos, pestilencias de todo tipo y escenas de libertinaje explícito. Era una fiesta que verdaderamente encarnaba el espíritu salvaje de Yo, el Degenere puro.
La reunión había concluido. Gregor había expuesto la iniciativa, detallándola brevemente y repartiendo un cuaderno con las cláusulas a cada representante. Sam y Abraham se mostraron enfadados, perdidos en sus propios pensamientos, mientras que los otros asistentes rieron discretamente durante la presentación.
Era la primera vez que asistía a la infame fiesta de Degenere. Como era de esperar, Tomás, Sam, Nikita, Greta y Bartolo no desaprovecharon la oportunidad de disfrutar de la hospitalidad de Yo, siendo Abraham el único ausente. Aunque Kali nunca se mostraba en público, siempre les reservaba la mesa más exclusiva del lugar tras cada reunión. Pero su hospitalidad no se limitaba a eso; extendía su generosidad cubriendo todos sus gastos, incluido el consumo humano.
El grupo se encontraba en una esquina privada, resguardados por un vidrio blindado. Sentados alrededor de una imponente mesa rectangular, observaban un espectáculo. En cada extremo de la mesa, dentro de cápsulas transparentes, un hombre y una mujer bailaban desnudos, ejecutando piruetas extremas alrededor de sendos tubos.
– ¡Prepárate, princesa! Que hoy te va a tocar un tremendón chorizón – repetía Tomás, entre risas, mientras observaba a la mujer danzante. Sentado junto a Sam, parecía perderse en su propia diversión.
A poca distancia de la mesa, un joven estaba encadenado a un poste de madera. Sam, con una mirada fría, se dirigió a uno de los meseros que circulaban cerca. – ¿Me da un pedazo de muslo? – preguntó, señalando al joven encadenado. – Y por favor, manténgalo con vida lo más que sea posible. Deseamos que la carne siga fresca –.
El mesero asintió con comprensión, se acercó al encadenado con un cuchillo, y comenzó a cortar la comida de Sam. Entre gritos, abajo, a través del vidrio, la multitud observaba con envidia el espectáculo de los privilegiados.
– ¿A qué debemos esta grata sorpresa, bebé? – preguntó Greta a Gregor con un tono coqueto, captando la atención de los demás.
– Solo buscaba un descanso de las responsabilidades diarias. A veces es necesario una pausa, ¿no crees? – respondió, simulando cansancio.
– No digas pendejadas – exclamó Tomás. – Está aquí por la iniciativa. Es obvio –.
– ¡Ay, ya lo sabía! Solo quería ver qué decía. ¿No es tierno? – agregó Greta con una voz melosa.
– Ya veremos – replicó Gregor, siguiéndole el juego y enviando un guiño cómplice a Greta.
Greta y Nikita, sentadas juntas, se mostraron sorprendidas por el cambio repentino de actitud de Gregor. Sam, en cambio, permanecía en silencio, observando con una mirada distante.
– Tomás – le susurró Gregor, provocando la curiosidad del personaje regordete. – Parece que no sabes divertirte de verdad, amigo. – La verdadera conquista no se fuerza – dijo, señalando a la bailarina desnuda. – Sino es aquella que se gana por mérito – agregó, señalando hacia la multitud que bailaba con intensidad a través del vidrio. – Observa toda la carne de ahí. Quizás no será el Prime Grade que está bailando aquí, pero si logras la conquista, es el mejor sexo que vas a experimentar. La pasión genuina y mutua no tiene precio –.
Gregor tenía un plan diferente para Tomás, a diferencia de Sam y Abraham. Un simple discurso no sería suficiente para convencerlo; tenía que ser más astuto y llevar a cabo su plan con precisión.
– Estás pendejo, amiguito, no me conoces para nada. Precisamente lo que me atrae a mí, es que no quieran estar ahí. Que yo pueda ver en su rostro el asco que sienten al estármelas cogiendo, ¿verdad, mi amor? – dijo riéndose fuertemente y observando como degenerado a la bailarina. – Pero ahora que lo mencionas, podría ser interesante explorar, cogiéndome una de esas gatas méndigas de allá abajo. Sobre todo, si no se han bañado. Así podría saborear toda su desdicha – dijo, sacando la lengua y con una sonrisa traviesa.
– Tú dime y bajamos a ver qué hay. Siempre es bueno cambiar de aires – dijo Gregor, lanzando una mirada rápida a Nikita, quien parecía escuchar atentamente, mostrándose ligeramente ofendida.
Tomás soltó una carcajada, llenando el ambiente con su risa morbosa.
– ¡Así se habla cabrón! ¡Por fin estás aprendiendo a vivir! Eso o estás al borde del suicidio hijo de la chingada, pero, en cualquier caso, no puedo rechazar esa propuesta – dijo Tomás, levantándose y asomándose hacia el piso de abajo a través del vidrio. – ¿Qué carne te quieres comer el día de hoy? –.
– ¿Qué te parecen esas tres de allí? – contestó Gregor, señalando a un grupo de mujeres que bailaban al ritmo de la música.
– No, no. Mejor vamos por esa de ahí ¡Es perfecta! – exclamó, señalando a una chica cuyo estado etílico apenas le permitía mantenerse de pie. – No te molestaría compartir, ¿cierto? –.
– Claro que no, vamos –.
Ambos se dirigieron a las escaleras, pero al descender el primer escalón…
(¡Pum!… ¡Pum!…)
Gregor sintió un fuerte agarre en su muñeca.
– No me vas a engañar tan fácilmente, ¿eh, hijo de puta? – dijo Tomás con un tono serio y amenazante. – ¿Crees que soy idiota? Sé lo que buscas con todo esto. Dime qué me ofreces a cambio de mi voto, o aquí mismo te mato. Yo no soy maricón como Sam – aseveró, mostrando una pistola dorada y un gesto de degenerado.
Tomás parecía completamente serio.
– Está bien. Tranquilo. Te lo diré – respondió Gregor, visiblemente nervioso.
No esperaba tal reacción violenta de Tomás. Su plan no iba como esperaba, tenía que improvisar.
– Te ofrezco una suma millonaria. Más billetes de lo que jamás hayas tenido – dijo Gregor con un tono nervioso.
– ¿Dinero? – inquirió con un tono burlón. – ¿De veras crees que eso es lo que quiero? Estás pendejo – agregó, acercando la pistola a su estómago y expresando una sonrisa macabra. – Pero hay algo que sí quiero. Si me ayudas, yo también te puedo ayudar, mi querido amiguito. Ayúdame a conseguir una noche con tu amiga. Esa a la que tanto te has apegado, ¿cómo se llama? ¡Tara! Si me ayudas con eso, tenemos un trato. ¿Qué me dices? –.
Gregor permaneció en silencio. La música vibraba intensamente y la iluminación duotonal azul y rosa daba al rostro de Tomás un aspecto inquietante. La propuesta de Tomás era como un flechazo preciso y directo al corazón.
– Así que, ¿qué me dices? Permíteme probar esa carne y te ayudaré con la votación. No es mucho lo que pido. A diferencia de lo que dicen los demás, yo soy alguien generoso, dispuesto a cooperar – dijo Tomás con una sonrisa burlona.
– De acuerdo… – respondió con hesitación. – De acuerdo… ¿Cómo lo arreglamos? –.
– No te preocupes, amiguito, de eso te informaré antes de la próxima reunión.
Tomás guardó su arma y extendió la mano para cerrar el acuerdo. Gregor vaciló, provocando una risa maniaca en su interlocutor, pero finalmente estrechó su mano.
– Ahora que tenemos un trato, me he puesto bien cachondo – dijo Tomás, ansioso y bajando las escaleras. – Tan solo pensar en lo que haré con tu perra ¡Me pone como loco! – exclamó, saltando de alegría. – Pero mientras, vamos a divertirnos un poco que esa gata borracha, no se va a violar ella solita, ¿cierto? –.
Descendieron y se dirigieron hacia donde se encontraba la chica inconsciente, deteniéndose a unos metros de ella.
– Espera aquí un momento, tengo que ir al baño – dijo Tomás antes de alejarse rápidamente.
Gregor, al verlo desaparecer, sonrió. A pesar de los contratiempos, su plan estaba en marcha.
Al entrar al baño, Tomás removió de su saco una pequeña bolsa de plástico. Con rapidez, se preparó una dosis de cocaína, consumiéndola frente al espejo. Al sentir efecto de la sustancia, se dio un par de cachetadas y lanzó un grito eufórico antes de dirigirse al mingitorio. El lugar estaba casi desierto, salvo por alguien que parecía estar enfermo en uno de los inodoros.
Mientras se relajaba, un calor intenso recorrió su cuerpo. Cerró los ojos y…
(¡Pum!… ¡Pum!…)
Mientras un brazo se enroscaba alrededor de su cuello, cortándole la respiración, otro le quitaba la pistola del saco. Con una fuerza descomunal, fue arrastrado hacia un cubículo. Intentó gritar, pero le resultó imposible. En segundos, se encontró en el inodoro, jadeando, luchando por respirar y con los pantalones abajo. Luego, algo cubrió su boca. El pánico lo inundó al darse cuenta lo que estaba sucediendo.
Vio a su atacante: un hombre calvo y atlético, que lo observaba con una indiferencia perturbadora, como si esperara algo. La puerta del baño se abrió y se cerró con llave. Pasos lentos se acercaron al cubículo. Era Gregor.
– ¡Mi querido Tuertomás! ¡Cuánto tiempo sin vernos! – exclamó con el mismo tono burlón y sarcástico que Tomás había usado en su negociación.
La expresión de Tomás se transformó al verlo. Un temor palpable se apoderó de él.
– Te presento a Pluma – dijo Gregor, señalando con la mirada a su compañero. – El día de hoy me está ayudando con algo, ya que necesitamos tu cooperación. Nuestra idea original no era recurrir a esto, pero como fue imposible llegar a un acuerdo antes, nos vimos obligados a hacer todo este chanchullo. No disponemos de mucho tiempo, lamentablemente, así que seré directo. No queremos privar al resto de la gente de los servicios sanitarios – bromeó, entre risas. – En la próxima reunión, vas a votar a favor de nuestra iniciativa –.
El sudor se deslizaba por la frente y las mejillas de Tomás, saturando su traje y camisa con su húmeda presencia mientras él, en un gesto de desacuerdo, sacudía la cabeza incansablemente.
– Veo que no entiendes – dijo Gregor, volviéndose a su compañero. – Parece que tendremos que seguir con el plan alternativo –.
Pluma sacó un cuchillo, y al verlo, Tomás mostró terror, intentando gritar con todas sus fuerzas.
– No se escuchan tus gritos aquí, igual de ahogados que los gritos de los niños, ¿recuerdas? – aseveró con una sonrisa siniestra. – Pero dejemos las bromas a un lado. En la próxima reunión, votarás a favor de nuestra propuesta, o de lo contario…
Pluma se acercó a Tomás, quien se encontraba con los pantalones abajo, y cogió bruscamente los genitales del secuestrado, colocando el cuchillo a un lado.
– O de lo contrario, tomaremos medidas extremas. Te quitaremos tu posesión más preciada. Quizás, después te puedas unir al clan de Greta. Creo yo podrían ser muy buenos amigos… o amigas, mejor dicho – agregó, soltando un gesto maníaco. – Y no solo eso, mi querido Tuertomás. Yo sé que tus huevitos no son tu única posesión preciada. Conozco otra. Tu único ojito restante. Y en ese caso, si te lo quitamos, no solo te podrías unir al clan de Greta, sino al clan de los inválidos, de Bartolo. Considero que también podrían ser muy buenos amigos. O tal vez, podríamos quitarte ambos, y así podrías unirte a ambos clubes, ¿qué opinas? –.
El terror se apoderó aún más de Tomás, gritaba como loco y se retorcía como un gusano.
– Ahora, podrías estar pensando que, saliendo de aquí, serás más cuidadoso conmigo, o que la mejor solución es matarme. Pero ¿realmente crees que no podemos repetir esto? Eres predecible. Eres como un perro callejero; solo necesitas ofrecerle un pedazo de carne, para seguirte a donde quieras. Incluso si logras algo contra mí, mi amigo Pluma se asegurará de que nuestras advertencias se cumplan. ¿Ha quedado claro? – preguntó, observando los genitales del prisionero.
Tomás asintió rápidamente.
(¡Toc!… ¡Toc!…)
Alguien comenzó a tocar la puerta del baño.
– Repito, ¿Te quedó claro? – preguntó Gregor, esta vez con un tono más severo.
Hizo una señal a Pluma, quien intensificó su postura amenazante, colocando el cuchillo a milímetros de los genitales descubiertos de Tomás, quien gritaba y se sacudía desesperadamente.
– Qué irónico verte así – dijo Gregor con desdén. – El hombre detrás de la famosa frase célebre: “Meterles la verga a todos”, autor de los abusos más descontrolados, uno de los dueños de las industrias más grandes de la ciudad, como la farmacéutica, ahora probando el amargo sabor de su propia medicina. Creo que el punto quedó claro, ¿cierto? – preguntó, haciendo una pausa. – Aunque, pensándolo bien, no estoy seguro si has comprendido del todo la seriedad de la situación. ¿Entiendes la magnitud de lo que estamos diciendo? –.
Tomás asintió y se relajó un poco, creyendo que el mensaje había terminado.
(¡Toc!… ¡Toc!…)
Los golpes de la puerta se intensificaron.
– Date prisa Gregor, no hay mucho tiempo – instó Pluma.
– Necesitamos asegurarnos de que nos has entendido – dijo Gregor, volviéndose con su compañero. – Hazle ver que hablamos en serio, muéstrale de lo que somos capaces –.
El gemido del prisionero se convirtió en un grito, sonando como si estuviera al límite de su voz, desgarrando sus cuerdas vocales, pero la música del lugar ahogaba gran parte del sonido. Pluma había cortado uno de los testículos del perro hambriento.
– Con eso terminamos – dijo Gregor, dándole unas leves cachetadas al secuestrado, que se retorcía de dolor y emitía chillidos de dolor. – ¡Escúchate cantar! ¡Vaya actuación la tuya! No eres solo un tuerto, sino ahora eres todo un castrati profesional. No querrás ser un ciego eunuco, ¿verdad? – agregó riendo. – Pluma, ya sabes qué hacer. Yo continuaré con nuestros planes. Nos vemos luego –.
Se despidieron con la mirada. Pluma lo observaba desconcertado, como si no creyera a su compañero capaz de tal actuación. Después, Gregor desbloqueó la puerta y salió como si nada extraordinario hubiera ocurrido. Fuera, una fila de siete personas lo observaba con desaprobación, insultándolo, pero sin sospechar el crimen que había ocurrido detrás de esa puerta.
– ¿Ya has vuelto? ¿Tan rápido? – preguntó Greta a Gregor con un tono curioso, captando la atención de Nikita, Bartolo y Sam, quienes platicaban en la mesa de Degenere.
– Sí, Tomás lo acaparó todo. Ya saben cómo es, un maldito perro hambriento – respondió él.
Nikita, que estaba sentada con Greta, lo miró con escepticismo y se levantó para mirar por el vidrio hacia donde estaba la muchedumbre, buscando la presa de Tomás y Gregor. Al no detectar a la mujer inconsciente, volvió a su asiento.
– No te preocupes, bebé, aquí estamos nosotras para animarte – agregó Greta con un tono grave y seductor. – ¿Qué te parece? –.
Gregor quedó pensativo, sosteniendo una bebida que acababan de servirle.
– ¿Qué sugieres? – preguntó con curiosidad.
– Solo di que sí, y te mostraremos un mundo de placer y éxtasis. Créeme, sé de lo que hablo. Solo una advertencia, aquí nosotras tomamos las decisiones. Tendrás que rendirte a la voluntad de tus Diosas, quienes podrán hacer contigo lo que ellas deseen. Pero tú tranquilo, no te haremos daño… ¿o sí? – bromeó antes de reír a carcajadas con su voz rasposa.
Gregor, bebiendo un gran trago a su bebida, observó a Bartolo, quien se encogió de hombros con incertidumbre.
– De acuerdo – aceptó finalmente.
– ¡Ahí está! ¡Eso es todo, bebé! No pensé que fueras a aceptar tan fácil – exclamó Greta, entusiasmado. – Ven, vayamos a un cuarto privado – propuso, levantándose y mirando a Nikita.
– Ustedes vayan. Yo me quedo aquí hoy – dijo Nikita con una sonrisa aún escéptica. – Me quedaré con Bartolo y Sam, tenemos cosas pendientes de hablar.
– Está bien – respondió Gregor, indiferente a la decisión de Nikita, quien pareció sorprenderse por su respuesta.
– Qué pena que no nos acompañes, amiga. Qué mal que no quieras aprovechar a este bombón. Pero bueno, más para mí – dijo Greta con una sonrisa traviesa.
Greta se acercó discretamente a uno de los meseros y le susurró algo al oído. Gregor no pudo oír claramente, pero alcanzó a escuchar la frase “El cuarto de los lamentos” en su petición.
– Por aquí, por favor – indicó el mesero tras escuchar a Greta.
Dejaron la mesa y se dirigieron a un rincón discreto de la zona exclusiva de Degenere, donde unas escaleras ocultas los condujeron a un pequeño pasillo iluminado por luces de neón rosas. Luego, entraron a través de una puerta corrediza de tela roja a un cuarto decorado en tonos similares. En el centro, había una cama King-size rodeada de mesas repletas de objetos sexuales.
– Bienvenido al cuarto de los lamentos – anunció Greta, explorando con la mirada los objetos a su alrededor. – Aquí, podemos hacer lo que queramos sin interrupciones. Nadie nos molestará, no importa lo que suceda, o el ruido que hagamos – agregó con una sonrisa insinuante. – Desvístete, bebé. Mientras tanto, elegiré con qué jugaremos hoy. Recuerda, ahora que me has dado el control. Hoy, yo soy quien manda –.
– ¡Oh, Mi Diosa Todopoderosa! ¡Ten misericordia de mí! – respondió Gregor, entrando en el juego y empezando a quitarse la ropa.
Greta, aunque sospechaba la súbita disposición de Gregor, estaba tan atrapado en su propia lujuria que dejaba de lado cualquier duda.
– Eso es lo que quería oír – dijo intensamente. – Acuéstate. Yo me encargo de lo demás, querido súbdito –.
Gregor se recostó, observando con atención a su Diosa quien, con fascinación, cogió unas esposas, una máscara de látex y un cuchillo de cocinero.
– Ya he elegido, bebé – anunció.
Con una presencia que imponía respeto, Greta se acercó a él. Con cuidado, le colocó la máscara, le esposó las manos y ató sus pies con una cuerda. Gregor siempre había visto a Greta como un personaje débil e inseguro, pero ahora, parecía transformado, dominante y decidido, como si una fuerza oscura o un monstruo trastornado, lo hubiera poseído.
– No te preocupes. Yo, tu Madre, tu Diosa, solo quiero lo mejor para ti – dijo, posando el dorso de la cuchilla sobre el pecho desnudo con una confianza amenazante.
Se subió a la cama, acercándose a él y montándolo con un aire de dominio, salivando incontrolablemente.
– No te haré daño – susurró Greta, besando su cuello suavemente.
Gregor podía sentir el calor de su aliento y sus labios rasposos recorrer su cuerpo.
– Solo quiero probar un poco de ti – susurró, tomando el cuchillo, realizando un pequeño corte a la altura de sus costillas y succionando sangre de la herida. – ¡Oh, sí! ¡Qué bien sabes! ¡Quiero más! – exclamó, realizando otro pequeño corte en una de sus piernas, cerca de la arteria femoral, y succionando más sangre de ahí.
Poco a poco, el semblante juguetón de Greta se transformó en uno más intenso y feroz.
– ¡Más! ¡Necesito más! Yo, tu Diosa, tu Madre, ¡te lo ordeno! ¡Dame más! – gritaba ella, salivando y perdiendo el control. – ¡Lo quiero todo! ¡Todo de ti! ¡Más! ¡Necesito más! – rugió, apuntando verticalmente el cuchillo hacia el estómago del prisionero, como si estuviera dispuesto a lanzar una estocada.
(¡Pum!… ¡Pum!…)
Súbitamente, la puerta corrediza se abrió de golpe. Era Pluma, que entró rápidamente y detuvo a Greta en el acto, tacleándolo y noqueándolo de un solo puñetazo.
– ¡Llegas tarde! – protestó Gregor, molesto pero un tanto aliviado.
– ¡Pero llegué, ¿no? – replicó Pluma, visiblemente irritado. – Si supieras todo lo que tuve que hacer para despistar a los guardias y llegar a tiempo después de lidiar con Tomás –.
– Está bien, está bien. Ahora libérame –.
Pluma rápidamente desató a Gregor, liberándolo de la prisión de lujuria en la que se encontraba.
– Aunque admito que llegué un poco antes, pero te dejé unos momentos más con ese sujeto encima de ti – dijo Pluma, riendo. – Si hubieras visto tu cara de espanto, también tú te hubieras reído –.
Mientras Gregor se vestía, Pluma procedió a desnudar a Greta y a inmovilizarlo en la cama de la misma manera en que había estado Gregor.
Esperaron unos minutos sin decir una sola palabra hasta que recobró la consciencia.
– ¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando aquí? ¿Quién eres tú? – preguntó el recién despertado, confundido y asustado.
– No te preocupes por mí – respondió Pluma. – Él es quien quiere hablar contigo – agregó, señalando a un Gregor que sonreía siniestramente.
El rostro de Greta se llenó de preocupación y miedo.
– ¿Qué es lo que quieres? ¡Maldito enfermo! ¡No votaré a favor! ¿Entiendes? ¡No lo voy a hacer! – exclamó desesperado, intentando zafarse de la prisión en la que se encontraba.
– Tranquila, o, mejor dicho, tranquilo. No tengo intención de lastimarte. Solo necesitamos hablar – dijo Gregor, imitando el tono diabólico que Greta había usado antes.
– ¡Tranquila! ¡Soy ella! ¡Soy una mujer! ¡Tu Madre, tu Diosa! – gritó ella con una furia descontrolada.
– Así de fácil es hacerlos enojar. Pero sé que puedo hacerlo mucho mejor – comentó Gregor a Pluma, con una risa arrogante que incrementó la ira de Greta. – ¿Quieres saber qué es lo que más me disgusta de tu ideología? –.
– ¡Sáquenme de aquí! ¡Libérame! ¡Maldito violador! ¡Guardias! ¡Ayuda! – gritaba con desespero Greta.
– Tápale la boca – ordenó Gregor.
– ¡Guardias! ¡Ayuda! ¡Me van a matar! ¡Soy Greta! – continuaba gritando, su voz llena de pánico.
– Grita cuanto quieras – respondió Gregor con frialdad. – Fuiste tú quien eligió el cuarto de los lamentos, donde los guardias ignoran los gritos. Podría dejarte así, con el hocico destapado, pero tus gritos varoniles me irritan. Y además…
Antes de que pudiera terminar, Greta volvió a gritar pidiendo auxilio, pero sus palabras fueron interrumpidas cuando Pluma le puso cinta de vinil sobre la boca.
– Es imposible tener una conversación contigo. No escuchas, ni estás dispuesto a hacerlo – exclamó Gregor con fuerza, antes de tomar una pausa reflexiva. – Pero eso no me debería sorprender. Al igual que Sam, tienes un ego tan frágil como el de un niño. No, no es cierto, tu ego es aún más frágil, mucho más ¡Pero mírate! ¡Ya eres un adulto maduro! ¡Un hombre! ¡Compórtate como uno, carajo! Pero prefieres vivir en una realidad tan distorsionada, queriendo moldear el mundo a tu imagen y deseando acaparar poder de la misma manera en que un sediento busca agua. Pero… ¡qué narcisista! Te autoproclamas Madre, un título que jamás podrás ostentar de verdad. Te eriges como una Diosa, arrastrándonos a todos en tu propio delirio. Te crees la personificación del amor y la diversidad individual, pero cuando alguien expresa una opinión que difiere de tu ideología dogmática e intransigente, reacciones con agresividad. Pides, no, no es cierto, exiges aceptación y simultáneamente rechazas opiniones diferentes a la tuya. Entonces ¿Qué pasó con esa ideología que tanto afirmas respaldar? ¿Dónde está? Todo parece ser una ilusión, un producto de una vanidad egocéntrica y desmedida –.
Greta, atado en la cama, luchaba frenéticamente por liberarse, moviendo sus extremidades con desesperación. Su rostro, lleno de una ira intensa, recordaba a un animal enjaulado y rabioso.
– La ironía es que la salida del infierno que habitas está justo delante de ti, pero te niegas obstinadamente a verla – dijo Gregor, observando a Greta atentamente. – La auténtica liberación se encuentra en aceptar y amar quienes somos, como fuimos traídos a este mundo, no en perseguir una identidad inalcanzable creada por nuestra mente. Quizás algún día te des cuenta, y ese será el momento en que el remordimiento te consuma, llevándote a considerar un final trágico. Pero no estoy aquí para moralizar sobre tu enfermedad mental. Estoy aquí por un propósito simple: necesito que apoyes mi propuesta en la próxima reunión –.
Greta negaba con la cabeza, torciendo su cuerpo en posiciones poco naturales.
– Sabes, has sido la persona más difícil de persuadir. Ninguna amenaza, ni siquiera el temor a la muerte parecía suficiente. Prefieres morir creyendo ser un héroe de una fantasía antes que enfrentar la realidad. Pero la solución a mi dilema era casi tan obvia como tu salvación. Tan simple que, al darme cuenta, no pude evitar reír. Así que seré conciso: vas a votar a favor de la iniciativa, o de lo contrario…
El prisionero comenzó a gemir con fuerza, abriendo desmesuradamente los ojos.
– O de lo contrario procederemos con medidas extremas. No solo te quitaremos esos implantes que tanto valoras. También te tatuaremos tres simples palabras “Soy un hombre” en todo tu cuerpo. En tus piernas, en tu espalda, en tu pecho, en tus brazos, en tu cuello, y en tu cara. Te marcaremos con la realidad que tanto rehúsas aceptar – dijo Gregor con severidad. – Así que… ¿Qué dices? ¿Nos apoyarás? ¿Vas a votar a favor? Y no pienses en traicionarme, mi Madre, mi Diosa. Si algo me sucede, mi compañero, Pluma, asegurará que se cumplan las consecuencias que he mencionado, y quizás otras más. La decisión es tuya, solo…
(¡Pum!… ¡Pum!…)
De repente, la puerta corrediza se abrió bruscamente. Nikita estaba en el umbral, paralizada y horrorizada por la escena ante ella. Pluma reaccionó rápidamente, inmovilizándola y atando sus manos a la cama.
– ¿Qué haces aquí? – preguntó Gregor.
Nikita no respondió, incapaz de hablar. Gregor asintió a Pluma, quien le tapó la boca con cinta de vinil.
– No pudiste resistirte a venir, ¿verdad? La indiferencia duele – dijo Gregor con astucia a Nikita. – Lo bueno es que llegas justo a tiempo, aunque es una pena que no hayas oído lo que él escuchó, pues considero que también hubiera aplicado a tu persona – agregó, señalando a Greta.
Gregor paseó por el cuarto, inquieto, meditando sobre las palabras que lanzaría y acariciando con su mano la variedad de juguetes sexuales. Los prisioneros lo miraban fijamente, expectantes.
– Ustedes dos son sorprendentemente similares. Ambos siguen un dogma que les permite llenar el vacío y la falta de propósito que sienten en su interior: el dogma del falso amor, de la empatía, y de la aceptación del liberalismo hedonista. Sin embargo, la gran diferencia radica en la máscara que cada uno utiliza para luchar por ese ideal. Greta, por un lado, lleva una máscara completamente ajena a su realidad, pero que fácilmente le proporciona una identidad, aceptación e incluso poder. Nikita, por otro, se coloca la máscara masculina y se la quita solo cuando le conviene, buscando justificar su propia pereza, inseguridades, ignorancia y su avidez por dinero y reconocimiento como heroína. Pero, permítanme ilustrarles por qué su “religión” no funciona en el mundo real – pausó, sumergiéndose en sus recuerdos. – Hace unas semanas, en la central de abastos, vi algo peculiar mientras esperaba a que la lluvia pasara. Un niño caminando con su madre. Una escena común en un lugar atestado de gente. No obstante, había algo en ese par que resaltaba de los demás. El niño, víctima de la debilidad de su amorosa madre, hacía lo que quería. Desafiaba a los dueños de los negocios, tomando sus productos arbitrariamente; ignoraba y le daba puñetazos ocasionales a su madre, quien con una mirada triste y con un tono suave, le decía “ya deja de hacer eso”; y, además, gritaba insultos a los espectadores. Yo, observando, sentí pena, pues sabía que lo que el niño necesitaba, era algo que su madre era incapaz de hacer. Darle un santo manazo que quedara grabado en la memoria de ese malcriado para toda su vida. Lamentablemente, yo sabía que eso no sucedería, al menos no viniendo de su madre “empática”. Consecuentemente, el destino del pobre niño, sediento de orden y disciplina, será convertirse en una persona maleducada, que hace lo que quiere, que se deja guiar ciegamente por el deseo de su cuerpo, por sus impulsos, en lugar de luchar contra ellos, muy similar a ustedes, a su hedonismo descontrolado. Y lo que sucede después, es aún peor. Mientras su verdadero yo querrá crear cosas magníficas, al estar acostumbrado a seguir la gratificación instantánea, su voluntad será tan débil como una hoja a merced del viento. Entonces, el niño vivirá infeliz, incapaz de hacer realidad sus sueños, prisionero de su propio Yo. Eso no es el verdadero amor que un niño debe recibir de su madre – dijo con un tono dramático y serio antes de hacer una pausa reflexiva. – A menudo pensamos que los adultos somos diferentes a los niños, que controlamos mejor nuestros deseos gracias a que nuestra corteza prefrontal se ha desarrollado por completo. Pero miren a su alrededor, y véanse a ustedes mismos. La mayoría somos esclavos de nuestros peores impulsos: lujuria, gula, envidia, pereza, ira, soberbia y avaricia. Súbditos de poderes cuyo propósito es hacernos sufrir. Ve a Greta, su caso es transparente como el agua. Me sorprende que aún no se haya quitado la vida – dijo, observando a Nikita, quien fruncía su ceño y jadeaba de ira.
Gregor, al verla, sonrió con soberbia.
– No te enojes, querida – dijo, acercándose y acariciando su mejilla. – ¿Por qué crees que ningún hombre de valor te considera para tener una relación seria contigo? ¿Te has preguntado por qué hombres que no cumplen tus expectativas, y que en el fondo detestas, intentan conquistarte? ¿Por qué los hombres que verdaderamente quieres, solamente te quieren coger? ¿Por qué crees que, a tu avanzada edad, aún no tienes hijos, siendo que es lo que más deseabas de niña? La razón no es que todos los hombres seamos iguales. La razón, el patrón en común, eres tú. Tu toxicidad, tu ignorancia y tu individualismo hedonista. Eres tú quien atrae a puro hombre vergonzante, como Sam – agregó, abriendo exageradamente sus ojos.
La ira de Nikita estalló. Gritaba y se retorcía, al igual que Greta.
– ¿Ven? Son tan frágiles como un niño – retó Gregor. – Predican empatía y amor, pero ante una opinión contraria, se enfurecen tanto, que tachan su discurso como violencia, deseándole la muerte al dueño de esa opinión, qué irónico. Solo saben victimizarse, esperando rescate de alguien con ideales similares ¡Así de manipuladores son! Eso no es amor, es tiranía y odio, ¿no se dan cuenta? La verdadera seguridad no se ofende, no se toma las cosas tan personales, no exige cambio a través de berrinches, sino construye a través de sus acciones. –.
Hubo unos momentos de silencio. Gregor recorrió el cuarto, analizando los objetos sexuales y tomando un pequeño cuchillo.
– Pero regresando a lo que más nos importa, la iniciativa, mi niña ignorante. Te voy a decir por qué vas a votar a favor – dijo Gregor, observando a Nikita. – Sé perfectamente que tú no has hecho nada para estar en la posición privilegiada en la que te encuentras. Todo te lo han otorgado en bandeja de plata, por no decir oro. Tu vida la has estado viviendo en la burbuja de caramelo que construyó tu “papi” – dijo, acentuando la última palabra, como si hubiera un doble sentido en lo dicho. – Por lo tanto, si decides no cooperar, mi compañero Pluma y yo tomaremos medidas drásticas: te enviaremos a un lugar tan remoto que tu regreso sería una imposibilidad. A un mundo donde seas una desconocida, donde tu actual poder y privilegio no sean más que ilusiones, tan vacías como tu ideología. Te convertirás en uno más del pueblo al que afirmas defender y ayudar, indistinguible de la multitud. Serás enviada a donde la propaganda carece de significado y la prioridad de las personas es simplemente sobrevivir, satisfaciendo sus necesidades básicas. En ese lugar, deberás demostrarte a ti misma, enfrentar responsabilidades reales y ver cómo tu burbuja de fantasía se disuelve ante la cruda realidad. Allí, tus quejas y protestas caerán en oídos sordos, vistas no como un clamor por justicia, sino como signos de debilidad. Nadie te considerará superior; al contrario, serás vista como una pobre alma débil o quizá como una potencial prostituta, o como quieras llamarle a la venta de tu cuerpo. Algunos podrían compadecerse, pero la mayoría se aprovechará de ti. Podrías incluso morir en manos de un pueblerino, víctima de algún caníbal, asesino o violador. Sin embargo, si logras sobrevivir, tal experiencia podría forzarte a expandir la burbuja de comodidad en la que vives, aunque eso es precisamente lo que menos deseas. Tu ego prefiere permanecer como una marioneta, vendiendo mentiras, aferrándose a su vida de privilegios –.
Nikita quedó callada, observando a Gregor con una combinación de desprecio profundo y de una súplica temerosa.
– Así que, sin más que decir, se los dejo a ustedes. Su futuro está en sus manos ¿Cuál quieren que sea su destino? Recuerden: toda decisión tiene una consecuencia –.
– ¡Qué onda carnal! – exclamó Gregor al acercarse a la mesa donde su última presa estaba sentada.
Bartolo, con un tarro en mano y junto a un Sam ebrio e inconsciente, observaba despreocupadamente a la stripper que bailaba frente a él. Las luces brillaban sobre su piel, resaltando el sebo que surgía de su gigantesco tumor.
– ¿Qué quieres, Gregor? ¿No ves que estoy ocupado? – respondió Bartolo sin mirarlo.
– Necesito hablar contigo – insistió.
Bartolo alzó la mirada, recorriendo el lugar con sus ojos borrachos.
– ¿Y los demás? ¿Dónde están? – preguntó, haciendo un esfuerzo por enfocar sus ojos.
– Están ocupadas arriba – contestó.
El borracho meditó un momento, y luego preguntó.
– ¿De qué quieres hablar? ¿De la iniciativa? –.
– Tengo una propuesta que podría interesarte – comenzó Gregor.
– Ya, dilo rápido y déjame con mis asuntos – dijo, arreglándose la camisa y peinándose con la mano.
– Tú eres un hombre del pueblo, te importa su bienestar. Permíteme explicarte los beneficios de la iniciativa, esos a los que no prestaste atención en la reunión –.
– ¿Beneficios de darle más poder a la Matriarca? ¿Estás idiota? – replicó Bartolo con sarcasmo. – Me estás subestimando –.
De su chamarra, Gregor retiró un cuaderno, idéntico a los que había repartido en la reunión, y lo colocó en la mesa.
– Escucha, sé que te preocupas por el pueblo. Déjame mostrarte cómo esta iniciativa puede beneficiarlo – insistió.
Bartolo suspiró con desgano y molestia, pero pareció prestar atención.
– Debes saber que la Matriarca es la principal productora y distribuidora de alimentos de la ciudad – comenzó Gregor. – Aunque la ubicación geográfica facilita la producción, el peligro en la ruta de Pasarela implica que hasta el cincuenta por ciento de los productos son robados. Esto resulta en escasez y aumento de precios, afectando al pueblo con hambruna. Lo que quiere la Jefa es establecer puntos de seguridad en la ruta para disminuir los robos y satisfacer la demanda alimentaria, sin limitar el acceso a los demás territorios, obviamente –.
Bartolo escuchó serio durante la explicación, pero al final soltó una risa despreocupada.
– Mi estimado. No somos tan ingenuos como parar creer esa historia – replicó con un tono de burla. – Conocemos los verdaderos objetivos de la Matriarca: mejorar su posición geopolítica y controlar el combustible de las Ruinas del Sur. Lo de los alimentos es secundario, un pretexto. Una historia para convencer a los ignorantes – agregó con firmeza. – ¿Por qué apoyaría un plan tan abusivo? Gracias a este tipo de iniciativas, el pueblo necesita representantes como yo, alguien que sea parte de ellos y que vea por sus intereses –.
Gregor quedó en silencio, reflexionando sus próximas palabras.
– Tres por ciento de las ganancias es todo lo que me permitieron ofrecerte – propuso al fin Gregor.
– Exijo cincuenta–.
– Tres, última oferta –.
– Quince –.
– Tres –.
– Acepto – respondió Bartolo, extendiendo su mano.
Tras un apretón de manos, ambos asintieron con la cabeza, y sonrieron como actores de telenovela.
– Confío en que esta iniciativa ayudará a alimentar al pueblo – dijo Bartolo con la misma firmeza.
– Así será – respondió Gregor con contundencia.
Bartolo se recostó nuevamente en su silla, volviendo su atención al espectáculo.
Afortunadamente para Gregor, su estrategia inicial con Bartolo resultó ser un éxito, evitándole la necesidad de confrontar la ideología de victimización de este último. No tuvo que desmantelar cómo la demanda de igualdad de resultados, que Bartolo defendía, es antítesis de la igualdad de oportunidades; ni explicar que categorizar a las personas en minorías, lejos de fomentar la unidad, profundiza la división; o aclarar que la única división efectiva debería ser sobre la calidad moral de las personas, es decir, si son decentes o no, independientemente de su raza, religión, género, o estatus socioeconómico; tampoco debatió cómo la distribución “equitativa” del poder, sin tener en cuenta el mérito, conduce inevitablemente a la incompetencia y a una corrupción rampante.
Finalmente, Gregor se reunió con Pluma en la entrada de Degenere, y juntos abandonaron Yo. En el interior de Gregor, dos sentimientos dominaban su cuerpo. Alivio, por un lado, y un odio insoportable hacia todas las personas, hacia todos los líderes, pero, sobre todo, hacia sí mismo.
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