Paralelo – Capítulo 29: Arcaico

Se sentó en el sillón, nervioso y emocionado simultáneamente. El celular en su mano era un portal al pasado, un posible revelador de secretos sobre el origen de su mundo devastado. Al sujetarlo en frente de sí, se encontró mirando su propio reflejo en la pantalla apagada, desatando una súbita turbación emocional. Ya no era aquel joven frágil que alguna vez se contempló en el salón de los espejos. La figura reflejada ahora era la de un hombre endurecido por las circunstancias, similar al hombre vigorizado e ilusorio que observó en aquel lugar por unos instantes. Sin embargo, había una ligera diferencia. Su expresión no estaba repleta de virtud ni ecuanimidad, sino de cansancio y hartazgo. Se perdió en sus pensamientos, observando su reflejo, pero inesperadamente…

(¡Pum!… ¡Pum!…)

Alguien golpeó su puerta. Gregor, con movimientos rápidos pero medidos escondió el celular en su chamarra, se puso de pie, y la abrió.

– ¿Qué haces, vecino? – preguntó una voz suave.

Era Tara.

– Me diste un buen susto – respondió Gregor, soltando una risa nerviosa.

– Lo siento… ¿Estás ocupado? – preguntó tímidamente.

Gregor se dirigió hacia el sillón y se dejó caer en él, haciendo un gesto a Tara para que entrara.

– González arregló el celular del que te hablé. Lo tengo aquí, cargado, listo para ser encendido y descubrir todo acerca del mundo previo al Día Zero – explicó emocionado.

– ¿Y? ¡Enciéndelo ya! ¿Qué esperas? – instó ella con impaciencia.

– Estaba reflexionando – murmuró él.

– ¿Sobre qué? – indagó ella, inclinándose hacia adelante.

– Ah, cosas del trabajo, ya sabes – respondió evasivamente, pulsando el botón de encendido. – Ven, siéntate aquí. Descubramos cómo era el pasado – invitó, dando palmadas al espacio vacío a su lado en el sillón.

Tara se acercó y tomó asiento. Gregor notó que llevaba puesto su collar de fuego y un vestido, ambos del mismo tono vibrante, y el perfume que ella solía usar en ocasiones especiales. Se sumieron en un silencio expectante mientras la pantalla iluminaba el ambiente, previamente bañado por la tenue luz de las velas. La pantalla mostró un par de animaciones simples antes de mostrar una serie de números y espacios en blanco, pidiendo una contraseña.

Gregor intentó varias combinaciones sin éxito. Y tras el quinto intento fallido, dejó el celular en la mesa y se llevó las manos a la frente, abrumado por la inaccesibilidad de la tecnología antigua.

– Tan cerca y tan lejos – dijo con resignación. – Esto va a ser imposible. Hay innumerables posibilidades. Podría llevar semanas, meses, años… o quizás nunca logre descifrarla con mi actual cargo de trabajo.

Tara, percibiendo su frustración, le tomó delicadamente la mano, ofreciéndole un apoyo.

– No te preocupes, vecino. Tómatelo con calma. Tarde o temprano lo lograrás, estoy segura – dijo con un tono animoso.

Gregor permaneció callado, su mirada fija en el aparato, expresando escepticismo ante las palabras de aliento de Tara. Sabía en su interior que la posibilidad era remota. Un silencio pensativo cayó sobre ambos, cada uno sumido en sus propias reflexiones.

– ¿Te puedo preguntar algo? – dijo ella.

Él giró hacia ella, su mirada suavizándose en una expresión de afecto, y asintió.

– Sé que estás involucrado en asuntos importantes, con la Matriarca y con tu investigación arqueológica, pero… – empezó ella, su voz temblorosa por la incertidumbre y deteniéndose, como debatiendo internamente si debía seguir hablando.

– Pero ¿qué? – animó él, notando su hesitación.

– Pero… ¿y si escapamos? ¿Qué tal si dejamos todo esto atrás? Este maldito lugar, este territorio, esta ciudad, todo lo que conocemos… ¿Qué tal si tú y yo escapamos? – propuso ella aún con timidez. – Imagina, huir de aquí, explorar lo desconocido, descubrir nuevas tierras, experimentar el mundo – agregó con una voz llena de entusiasmo.

– ¿Ir a dónde? – preguntó él, jugando con la idea.

Gregor se encontraba desconcertado ante la volatilidad de Tara. La alternancia imprevisible de su comportamiento lo tomaba por sorpresa: momentos de intensa ira donde lo culpaba sin tregua por lo ocurrido con Runa, seguidos por periodos de aparente normalidad, durante los cuales su confianza en él parecía inquebrantable, más fuerte que hacia cualquier otro.

– A cualquier lugar lejos de aquí, donde no estemos atados a nuestro pasado – agregó ella. – A un lugar donde podamos ser libres, libres de las cadenas de la Matriarca, del pasado arcaico, completamente libres. Tal vez podríamos encontrar un escondite como aquel departamento al que fuimos, vivir allí, ocultos, o aventurarnos a otra ciudad, donde nadie nos conozca. O incluso más lejos, tal vez a la costa, donde podríamos construir nuestro propio refugio, solo tú y yo, cerca del mar – concluyó con un tono rebosante de un anhelo de libertad y aventura.

Tara hablaba con tanta ilusión que sus ojos resplandecían, reflejando la pureza de un niño que describe sus sueños más anhelados.

– ¿Pero ¿cómo nos sostendríamos? ¿De qué viviríamos? – preguntó él con una voz teñida de duda genuina.

– ¡No lo sé! Pero encontraremos la manera. Lo importante es que lo haremos juntos. Es el inicio de algo nuevo, algo nuestro. Dejar atrás los vicios y empezar de cero… contigo – agregó ella, suavizando la voz.

– Pero tengo responsabilidades, compromisos. No puedo simplemente abandonar todo – argumentó él, reflejando un conflicto interno.

– Déjalos. Ese trabajo te está consumiendo, día tras día. Esa expresión risueña que solías tener se está desvaneciendo. Poco a poco te estás perdiendo en…

– No es tan sencillo, Tara. No puedo simplemente desaparecer. Hay personas que dependen de mí y si la Matriarca descubre mi huida… puede ser el fin – dijo él serio y preocupado.

– ¡Exactamente por eso debemos irnos ya! Hoy mismo, en este instante. Empaquemos lo esencial y partamos, lejos de este lugar asfixiante – insistió ella, mostrando frustración y urgencia.

Se instaló un silencio cargado de pensamientos y emociones. Gregor reflexionaba intensamente, su mirada perdida en la ventana, mientras Tara, consumida por la ansiedad, acariciaba la mano de él, implorando con su mirada.

– No lo sé, realmente no lo sé – murmuró él al final, suspirando profundamente.

Su corazón se inclinaba hacia la idea impulsiva y liberadora de Tara, pero su razón, anclada a la realidad, sabía que no era una decisión sencilla, sino un camino unidireccional y lleno de incertidumbres. Además, era plenamente de que el verdadero deseo de Tara no era comenzar una aventura con él, sino escapar de su propia realidad.

– Entonces, ¿qué dices? ¿Nos vamos, vecino? – preguntó ella evidenciando una creciente exasperación.

Gregor, atrapado en sus dudas, encontraba cada vez más difícil justificar el atrevido plan. Las mejillas de Tara, antes pintadas de un color rosado, ahora estaban humedecidas por las lágrimas que no podía contener.

– ¡Por favor, vecino! ¡Huyamos de este lugar! ¡Te lo ruego! ¡Lo necesito! ¡Hazlo por mí! ¡Te necesito! – suplicó con una desesperación que resonaba en cada palabra.

– No es tan sencillo – replicó él, retirando su mano de la de ella. – Tengo responsabilidades ineludibles. Mis investigaciones arqueológicas, mi trabajo, mis amistades, la gente que conozco… Aquí puedo intentar sembrar algo que, con suerte, pueda ayudar a la sociedad –.

– ¿Impacto? ¿Realmente crees que estás haciendo una diferencia siendo un pobre peón? – inquirió ella, transformando su dulzura en agresividad. – ¿Crees que tu búsqueda del pasado tiene algún sentido? ¡No estás logrando nada! ¡Solo desperdicias tu tiempo en algo imposible! Todos lo ven, excepto tú. Tu trabajo no tiene valor real en este mundo decadente. ¿No lo ves? Los hallazgos en esos periódicos antiguos son puras manipulaciones, no verdades. ¿De verdad piensas que vas a poder desbloquear el teléfono? ¿Que la contraseña mágicamente será cero, cero, cero, cero? Para alguien tan inteligente, a veces pareces ciego a la realidad – agregó, desbordando frustración y dolor.

Gregor permaneció en silencio, las palabras de Tara resonaron con una verdad dolorosa.

– Tal vez tengas razón – admitió con melancolía. – Pero tengo que intentarlo. No por esperanza a un cambio, eso quizás nunca ocurra, sino porque… eso es lo que le da sentido a mi vida. Me motiva a levantarme cada día, a pesar de lo mierda que me sienta. Puede que todo termine en un simple intento, como dices, pero será el mejor esfuerzo que pueda dar, el que saque lo mejor de mí –.

Tara quedó inmóvil, sumida en su tristeza, temblando levemente por el llanto contenido. Gregor quería consolarla, pero sabía que, para hacerlo, tendría que renunciar a una parte de sí mismo, a su individualidad.

– Lo siento, no puedo irme – dijo él finalmente, con una aspereza que ocultaba una culpa infundada.

– Está bien – respondió suavemente. – Gracias por escucharme. Cuídate mucho, vecino. Te quiero –.

Con un beso en la mejilla y una última mirada, Tara se marchó, dejándolo solo con sus pensamientos. Sentado en el sillón, luchaba con sus emociones.

(¡Pum!… ¡Pum!…)

De repente, el celular vibró y se encendió. Con un suspiro resignado, Gregor tomó el teléfono y, casi sin pensar, introdujo cuatro ceros en la pantalla de bloqueo.

(¡Pum!… ¡Pum!…)

Se había desbloqueado.

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