Paralelo – Capítulo 2: La Danza del Mundo
– Gregor – respondió, revisando su reloj, y con un titubeo revelador de su dilema sobre si revelar su verdadero nombre.
01:16… 01:15… 01:14…
– Mucho gusto, Gregor – devolvió el saludo.
Un silencio cayó entre ellos, solo interrumpido por la risa contenida de Shiva, quien observaba la escena perdido en su mundo imaginario.
– ¿Te puedo hacer una pregunta? – preguntó Gregor, casi en un susurro provocado por la timidez.
Shiva, en respuesta, fijó en él una mirada intensa, invitándolo a proseguir con su interrogante.
– Eso de la Danza del mundo. ¿A qué te refieres? –.
Para su asombro, su pregunta fue tomada como un chiste. Shiva soltó una carcajada abierta y contagiosa, y aplaudió con entusiasmo. Luego, quedó pensativo por unos momentos, y finalmente, se puso de pie.
– ¡Deséame suerte, compadre! – exclamó el viejo mientras asía un objeto invisible en frente de él. – ¡Salud! – agregó con un gesto teatral, y bebió de fondo un líquido igual de invisible e inexistente que el vaso que sostenía.
El cuerpo de Gregor se puso tenso ante las excentricidades del viejo, quien se dirigió a un costado del obelisco humano, y con un ademán elegante, susurró una frase corta e ininteligible, como invitando a bailar a una dama invisible. Una vez la invitación “fue aceptada”, se tomaron de la mano, y avanzaron hacia el centro del escenario improvisado, entre el obelisco humano y la banca. Shiva murmuró unas palabras más, y se enlazó, bien plantado en el suelo, en un abrazo con su compañera ausente, representando la escena con una solemnidad que bordeaba lo cómico. La tonada de una canción de salsa comenzó a fluir por los labios del viejo, y simultáneamente, los bailarines se mecieron hacia adelante y hacia atrás.
Gregor rio brevemente ante la espontaneidad aparentemente aleatoria, pero poco después quedó pasmado. Shiva, a pesar de su corpulencia, podía danzar con elegancia y, aunque su pareja era inexistente, había momentos en los que parecía lo contrario, pues sus movimientos sugerían estar siendo ejecutados por dos, como si realmente estuviera bailando con un fantasma.
Tras unos momentos, el baile cobró vida cuando la melodía provocada por una ráfaga de viento se unió al tarareo de Shiva. Corrientes de aire convergían en el epicentro de la danza, y a medida que el viento aumentaba su intensidad, la silueta de una hermosa mujer, formada por el torbellino, emergió entre los brazos del bailarín solitario. La danza parecía ser un diálogo armonioso de contrastes. Él, con delicadeza y precisión, guiaba los movimientos con maestría, como si cada paso estuviera previamente ensayado. Ella, aunque improvisaba sus movimientos, su danza pasional, sensual y libre, hacía de ellos un dúo perfectamente complementario.
Al llegar el clímax de la canción, el tarareo de Shiva y la melodía del viento intensificaron su fervor. Los bailarines calentaron la danza acercándose más y observándose a los ojos. Él cedió un poco de orden y perfección a cambio de caos y libertad. Ella, a su vez, intercambió un poco de caos y libertad por orden y perfección. Dieron varios pasos juntos, en un juego de avances y retrocesos que imitaban el coqueteo de dos amantes en la cúspide de su romance. Luego, en un acto de sincronía, giraron repetidas ocasiones, perdiendo y encontrando sus miradas en cada vuelta. Y así, se hicieron uno. Su voluntad individual quedó desnuda ante la firme y diáfana mirada que mantuvieron, siendo sacrificada para dar vida a una nueva entidad con una voluntad propia. Ésta continuó la actuación por unos momentos más, ofreciendo a su único espectador la hermosa unidad de su caos ordenado, u orden caótico, hasta que, como todo en este mundo, llegó a su fin con un último paso en el que la mujer se desplomó de espaldas, confiando ciegamente en el brazo izquierdo del hombre, y produciendo un final inolvidable.
La música se apagó, el viento amainó, y la figura de la mujer se disipó. Shiva, respirando con dificultad después del esfuerzo realizado, regresó a la banca, fijó su mirada en Gregor, y se limpió el sudor.
– ¿Ahora entiendes lo que intento decirte? – preguntó, dejando entrever su sonrisa desdentada.
Gregor permaneció en silencio. Era evidente que el espectáculo lo había marcado profundamente de una manera que no lograba verbalizar, como si la metáfora se hubiera anidado en su alma.
– Te percibo ansioso por continuar tu viaje, mi estimado viajero, pero quiero decirte algo importante, si tienes tiempo – dijo Shiva mientras se acomodaba en la banca, sacaba unos anteojos sin cristales del bolsillo de su pantalón y se los colocaba. Luego, sin dar tiempo a recibir una respuesta, continuó. – ¿Sabías que la realidad es mucho más compleja de lo que imaginamos? Nosotros, meros humanos de carne y hueso, solo captamos una minúscula parte, a pesar de la maravillosa máquina que es nuestro cuerpo – comentó, dándose palmadas en las piernas y brazos al compás de un ritmo desconcertante. – Creemos con arrogancia que nuestros cinco sentidos nos muestran la realidad en su plenitud, pero ¡qué egocéntricos somos! ¡Qué equivocados estamos! Tan solo son las sombras dictadas por los caminos que la evolución ha trazado. Nuestro cuerpo ha desarrollado lo necesario para, a grandes rasgos, sobrevivir y reproducirse. Pero eso “necesario” es apenas una fracción ínfima de la totalidad, y no solo en el vasto cosmos – indicó señalando hacia el cielo. – sino aquí mismo, en nuestro planeta, en cada momento que nos rodea – añadió señalando a sus alrededores. – Pero eso no es razón para deprimirse, compadre, oh no, porque entre las hendiduras de nuestras limitaciones, la evolución nos ha obsequiado una joya que ningún otro animal posee. El poder de crear infinitas descripciones y de crear incontables historias a partir de esos fragmentos de percepción. Somos, en cierta forma, descriptores ciegos o, para ser más precisos, narradores ciegos –.
Súbitamente, Shiva pegó un pequeño salto, como recordando algo crucial. Se colocó su respirador y tomó cinco inhalaciones profundas, cada una acompañada de una expresión emocional distinta, teatral y maníaca. Al finalizar, liberó su rostro del aparato y reconectó con Gregor.
– ¿Dónde iba? ¡Ah, sí! ¡Narradores ciegos! – exclamó con un vigor renovado. – Pero no me malinterpretes. No quiero decir que nuestra percepción sea meramente ilusoria. Al contrario, aunque cada persona perciba al mundo de una manera única, aquello que experimentamos es un mundo real y tangible. Algunas percepciones lo pintan como el mismísimo infierno y otras como el paraíso. Ambas versiones reales – agregó, y luego soltó una carcajada al observar la confusión de Gregor. – No te confundas. Entender que ambas versiones sean reales, no quiere decir que sean completas, oh no. La gran mayoría de interpretaciones son tan parciales que reflejan a la realidad tanto como un grano de arena a un vasto desierto que, a veces pareciera expandirse hasta abrazar planetas enteros o incluso el universo completo. Si supieras lo que mis ojos han visto, compadre – dijo dándole una palmada en el hombro. – Pero hay otras versiones que se esfuerzan por rozar lo inalcanzable, lo inexplicable, por más quimérica que sea la tarea. Una de ellas, por ejemplo, es la impermanencia de los fenómenos, o la muerte de la vida. Otra, la creación de esos mismos fenómenos, o el nacimiento de la vida. Y otra, uniendo ambas, sería el ciclo eterno de impermanencia y creación de fenómenos, impregnándolo todo en una red infinita interconectada e interdependiente. Y con “una red infinita” me refiero al infinito más allá del universo, y al infinito presente en cada instante, o en cada cosa, como ese que está allí en la palma de tu mano – concluyó, fijando su mirada en la mano de Gregor, como si la estuviera analizando.
En el silencio que siguió, Shiva lo observó con ojos dilatados y cejas arqueadas, como si aguardase una interrogante.
– Ese ciclo infinito de impermanencia y creación… ¿A eso te refieres con la Danza del mundo? – replicó tímidamente.
– Ah, mi estimado viajero, aunque es parte de, aún estás viendo solo un grano de arena de un desierto mucho más vasto. La Danza del mundo, como yo la llamo, es el título que le doy a la Canción de la existencia, donde cada nota es un acto de creación y cada silencio un susurro de impermanencia, todo interconectado en la gran partitura de la realidad última. Pero, lo que no estás viendo, es que más allá del preludio y el fin de esas notas individuales, está la magia. El resultado, una Canción compuesta por los cambios de volumen e intensidad de cada una de esas notas, que en su conjunto crean un ritmo que sirve de base estructural y que tiene el poder de hacer bailar hasta a la persona más tímida, o al menos hacerla mover la pierna. O una armonía, cuyas progresiones añaden profundidad y riqueza al ritmo, dotando a la Canción de carácter y del poder de despertar emociones con tan solo unos pocos acordes. Y finalmente, una melodía que fluye libremente en una secuencia lineal, simple, pero a la vez, la parte más notable y con el poder de quedar grabado en nuestras memorias para toda la vida. Una Canción hermosa y sublime, con el poder de crear todo lo que existe –.
– Pero entonces… ¿es una Danza o una Canción? – preguntó, confundido.
– ¡Da igual, hombre! Una Danza, una Canción. Ambas son formas de entender la realidad, metáforas. Yo elijo una Danza porque generalmente se baila en parejas, y después de la unidad, está la dualidad –.
Un suspenso colmó el espacio entre los dos. Gregor, sumido en cavilaciones, y Shiva, aguardando una señal.
– ¿Y quiénes son los intérpretes de la Danza? – preguntó al fin.
– ¡Buena pregunta! – exclamó el viejo enérgicamente. – Por ahora imagínalos como las dos fuerzas del presente, o bien, las dos direcciones de la causalidad, según prefieras. La primera es la complejidad, tejedora del orden, la segunda es la entropía, maestra del caos. Se les ha conocido por muchos nombres, orden y caos, yin y yang, o tonal y nagual, entre otros. Pero a mí me gustan más complejidad y entropía por su sazón científico – agregó entre risas. – En fin. La complejidad es la arquitecta que edifica y sostiene todo lo existente, desde la partícula más ínfima hasta el universo en su totalidad, e incluso lo que va más allá de esos límites. Su método me parece de lo más poético pues, mediante una fuerza atractiva, enlaza fenómenos para crear otros de mayor complejidad, generando una cadena sinfín de emergencia. Átomos que forman moléculas, moléculas que forman células, células que forman organismos, y organismos complejos, como los humanos, que formamos sociedades y civilizaciones con voluntades propias e incomprensibles para nosotros. Cada nivel emergiendo impredeciblemente, casi como por arte de magia o como si estuviese predestinado en algún guion invisible. – Shiva hizo una pausa, reflexionando sus próximas palabras y movimiento sus ojos bizcos rápidamente, y al cabo de un rato, continuó. – La entropía, en cambio, se encarga de dispersar y transformar todo aquello que la complejidad ha edificado. No se limita a la muerte, o a la impermanencia de los fenómenos, que sería su máxima expresión, sino que está presente en todo instante, desafiando al orden mediante una fuerza repulsiva. Esta es la razón por la que cada día de nuestras vidas parezca una batalla eterna: una lucha constante contra nosotros mismos y contra el mundo. La entropía actúa sobre todo, y nosotros resistimos, enfrentándola tan solo con la fuerza de nuestra voluntad. Pero esto no es algo malo, oh no, todo lo contrario, porque ¿cómo dice el dicho? “Aquello que no te mata, te hace más fuerte” – dijo con un tono glorioso y lleno de fuerza. – Además, esta tensión es la catalizadora de un cambio constante que, aunque imperceptible en ocasiones, permite la transformación de todo, desde una simple roca hasta todos los humanos que, a su vez, somos capaces de convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos. Pero también es la razón por la que envejecemos ya que, con el tiempo, la complejidad que nos forma termina por sucumbir ante la fuerza de la entropía –.
Gregor, un tanto confundido, digería lentamente las enseñanzas de Shiva.
– No te confundas en la maraña conceptual, mi estimado viajero. Distinguir entre complejidad y entropía facilita la comprensión de la Danza del mundo, pero es crucial reconocer que ambos son lo mismo, manifestaciones de la realidad. Entre más te familiarices con la Danza, más entenderás que la dualidad que creamos en aras de razonar el mundo es más bien una unidad. Por ejemplo. Un fenómeno complejo debe consumir recursos para preservarse, aumentando así la entropía del universo. A su vez, un fenómeno necesita de la tensión propiciada por la entropía para convertirse en un fenómeno de mayor complejidad. Tal vez no entiendas esto que acabo de decir, pero lo esencial es, que al analizar a la dualidad meticulosamente, descubrirás que no existe, y que en su lugar hay una unidad. Una Danza que, en lugar de tener como intérpretes a dos bailarines, la Danza es la intérprete de ellos –.
Hubo nuevamente un silencio que no resultó incómodo pese a que acababa de conocer a Shiva.
– ¿Y qué hace a un fenómeno más complejo que otro? – preguntó Gregor movido por la curiosidad de sus reflexiones.
– ¡Otra buena pregunta! Lamentablemente, ahora no tendría sentido responderla dado que no lo entenderías. Aún no estás preparado para eso y tal vez nunca lo estés, pero por ahora, lo que quiero que entiendas es que la realidad no se encuentra en la dualidad, pero en la unidad. No se encuentra en la complejidad ni en la entropía, pero en el Verbo, en la Danza, creadora de todo lo que conocemos –.
De repente, interrumpiendo el discurso de Shiva, una ráfaga de viento golpeó suavemente contra sus rostros.
– Al igual que el espíritu del viento y yo, somos uno mismo, y cuando danzamos, la verdadera esencia, es la danza en sí, no quienes las ejecutan –.
Un silencio prolongado volvió a caer entre ellos. Shiva se quitó los anteojos y los guardó en su bolsillo, luego observó al obelisco, como si sus enseñanzas hubiesen concluido allí. Gregor, aunque no comprendía del todo sus palabras, sentía una extraña claridad física, como si su ser hubiera captado algo más allá de la lógica.
– Debo irme ahora. Un gusto haberte conocido Shiva – expresó Gregor al recordar la urgencia de su regreso.
– Y tú… ¿Quién eres? ¿Shiva? ¿Quién es Shiva? – indagó el viejo, confuso, pero manteniendo cordialidad.
Se instauró otra pausa, en la que ambos parecían no entender lo que acontecía.
– ¿Ya viste? Es algo hermoso, ¿no crees? – dijo el viejo, señalando hacia el obelisco humano, y llorando descontroladamente.
Gregor asintió y esbozó una sonrisa compasiva, retomando su marcha hacia su refugio y consultando el reloj para calcular el tiempo perdido.
01:09… 01:08… 01:07…
Desconcertado por los números en retroceso, continuó su trayecto, cruzando la frontera hacia zona segura después de veinte minutos.
El fin del ocaso pintaba el cielo marrón a púrpura, instándolo a apresurarse. Estaba cerca, apenas a unas esquinas de distancia, en calles que se hundían en la tranquilidad de la noche. La tenue luz de las velas se filtraba por las ventanas de los refugios, marcando el ritmo del mundo que se aprestaba al descanso.
< Ánimo. Tú puedes. Ya casi > se repetía constantemente.
Alcanzó la entrada del edificio de cemento donde se encontraba su departamento, y se detuvo en el umbral, volteando hacia el exterior. En ese instante, la sed, el agotamiento, y el dolor de sus heridas, palidecieron frente a la plenitud conformada por una ciudad en escombros. Había una dulzura en esa fatiga, una conquista en el mínimo botín del día. Se mantuvo así por un minuto, disfrutando el momento, envuelto de un sentimiento digno de ser llamado felicidad. Luego, dio una respiración profunda, y cruzó el umbral hacia adentro.
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