Paralelo – Capítulo 16: Guerrero
Una vez el auto se estacionó en el mismo lugar donde lo habían recogido, salió del auto y cerró la puerta tras de sí. Pluma lo esperaba con paciencia, de pie frente a la estación de metro, imperturbable, con la misma máscara de mesura que lo había definido desde su primer encuentro. Por indicaciones de sus superiores, Gregor no había asistido al evento en Degenere, siendo el único ausente.
– Vámonos – dijo Pluma, comenzando a caminar sin esperar respuesta.
– ¿A dónde vamos? – preguntó con una curiosidad desmedida.
La incertidumbre de su futuro lo abrumaba, consciente de que las próximas horas, quizás minutos, serían decisivas para su vida. Pluma no ofreció respuesta alguna.
Descendieron hacia el metro, saltaron del andén a los rieles y caminaron hasta la estación cercana a la guarida. Después, subieron por las escaleras metálicas que los llevó hacia la coladera junto a la puerta trasera, inmersos en un silencio sepulcral a través de los túneles subterráneos.
– Espérame aquí – indicó Pluma al subir, y antes de adentrarse a la guarida por la puerta de dos hojas.
Gregor permaneció solo al lado del guardia que vigilaba la puerta trasera. La ansiedad bullía dentro de él, evidenciada por el leve temblor de sus piernas y sus movimientos inquietos de un lado a otro. El guardia, impasible como una estatua, dejaba escapar suspiros esporádicos, se rascaba la cabeza y dirigía miradas furtivas hacia Gregor.
Los minutos se deslizaron lentamente. Diez minutos, luego media hora, luego una hora. Finalmente, Pluma reapareció desde el interior poseído por una determinación que creó un nudo en el estómago de Gregor. La náusea se agolpaba en su garganta y en su estómago, anticipando un presagio.
– Perro – dijo Pluma con una voz grave y teñida de gravedad. – En este mundo, tienes que ser un guerrero impecable para sobrevivir –.
Gregor, tragando saliva, enfrentó la incertidumbre que lo asfixiaba.
– ¿A qué te refieres? – preguntó con una voz tímida que revelaba la turbulencia interna.
Pluma esbozó una sonrisa fría, casi burlona.
– Recuerdas la pelea de hoy. Toro y yo enfrentamos la muerte de frente, mientras tú… tú te paralizaste. Casi te orinas en los pantalones – dijo, soltando una carcajada, acompañada de una cachetada condescendiente. – Eso no es ser un guerrero, sino un cobarde, un completo maricón. Permitiste que el miedo te consumiera, quedándote inmóvil, perdido en tus pensamientos inútiles. Si no hubiera sido por nuestra habilidad de lucha, ahora estarías tan frío y rígido como una momia –.
El silencio se extendió entre ellos. Pluma parecía decepcionado y enojado.
– Escúchame bien, perro – agregó Pluma con un tono firme. – Ser un guerrero no es solo un estado físico, es un estado mental. Debes afinar tu pensamiento para planificar con precisión, y luego ejecutar esos planes con tal impecabilidad que incluso la muerte vacile ante tu determinación. Eso fue lo que hice con las bombas de humo. Analicé rápidamente el entorno, identifiqué mis recursos, y actué sin dudar. No permití que ningún pensamiento superfluo me distrajera. No me perdí en reflexiones nostálgicas o en lamentos sobre la injusticia del mundo. No me dejé consumir por el miedo o por la ira. No lloré. No me congelé, ni me eché a correr. Solo planifiqué y actué. Esa resolución fue lo que nos salvó, aunque debo admitir que, por unos momentos, la muerte se nos apareció de frente, mirándonos con una frialdad escalofriante – agregó con un tono serio. – Estuvimos algo cerca de morir. Sin embargo, yo prefiero enfrentar a la muerte con honor, coraje, y luchando con todas mis fuerzas hasta el último aliento, que morir meándome en los pantalones como una víctima impotente, como un niño inmaduro y pendejo, paralizado por el miedo – agregó, mirándolo con una mirada juiciosa. – La vida, a diferencia de lo que la mayoría cree, es una guerra constante, igual a la pelea que enfrentamos hoy. La muerte siempre está al acecho, agazapada en las sombras de nuestra existencia. Puede sorprendernos en cualquier momento: en una década, en un año, en un mes, en una semana, o incluso el día de hoy – agregó, endureciendo su tono, como si cada palabra fuera un golpe. – Vivimos en una ignorancia voluntaria sobre nuestra propia mortalidad, perdiendo días enteros en reflexiones inútiles. Rememoramos el pasado, soñamos el futuro, lamentamos las circunstancias de nuestro nacimiento, los padres que nos tocaron, los privilegios que otros poseen, cosas que están fuera de nuestro control. Pero la vida es una guerra sin cuartel. No hay tiempo para lamentaciones ni distracciones. Solo podemos permitirnos planear y actuar con precisión y eficacia. Es la única manera de salir con vida. Y así, cuando llegue el momento de enfrentar la muerte, encontrarnos con ella como un guerrero impecable, un guerrero orgulloso de su estancia en el mundo, un guerrero que lo dio todo de sí, que ha vivido y luchado con honor –.
El discurso de Pluma había terminado. Un viento frío sopló a través del pasillo, inundando el espacio en un silencio que erizaba la piel.
– Hoy moriré… ¿Verdad? – preguntó Gregor con una voz temblorosa.
Pluma permaneció en silencio, mirándolo inescrutablemente. Con un gesto casi imperceptible, indicó al guardia de la entrada que abriera la puerta trasera. El esclavo, más una sombra obediente que un hombre, accionó los mecanismos.
– Si la Matriarca hubiese querido tu muerte, ahorita ya estarías en el infierno y yo no te hubiera platicado todo esto. A pesar de tus dudas, hoy tomaste la decisión correcta en la votación. Pero ten cuidado, Gregor, no debes dejar que el miedo tome el poder sobre ti. Ahora vete y saborea un día más de vida – agregó Pluma, aunque firme, con un matiz de consuelo.
Gregor asintió, todavía sacudido por las palabras de Pluma y el peso de su propia incertidumbre. Luego, salió de la guarida en dirección a su refugio, caminando lentamente por Trinchera. A cada paso, esquivaba el monte de cadáveres del tsunami de odio, una visión que se grababa en su memoria.
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