Paralelo – Capítulo 15: Coyote
El abrupto silencio que siguió al cese de la música era ensordecedor, interrumpido únicamente por un zumbido persistente y el rechinido de la puerta metálica por donde se esfumaron los encargados de las carretas humanas. La débil luz blanca del lugar, unida a la tensión del recorrido previo, creaba una atmósfera que desataba inquietud y náuseas.
– ¿Estás bien, paps? – preguntó Sam, notando la palidez y el malestar de Gregor, que se inclinaba con las manos apoyadas en sus rodillas.
– Sí, sí… – balbuceó y, después de su segunda afirmación, no pudo contenerse y vomitó.
Sam no podía evitar reírse, al igual que el nuevo personaje a su lado.
– No te preocupes, pronto te acostumbrarás, amiguito – comentó el desconocido entre risas, dándole una palmada en el hombro a Gregor. – A menos, claro, que la Matriarca decida deshacerse de ti como lo hizo con el anterior. El pobre se puso tan nervioso en su primer encuentro, que apenas pudo articular palabras coherentes, tartamudeando como idiota. Desapareció después de eso. Dicen los rumores que lo ataron y ejecutaron a su familia delante de él, dejándolo después morir al sol. A penas tuvimos tiempo de conocerlo y, de repente, que se lo cogen –.
Era un hombre de estatura media, ataviado con un traje formal al estilo arcaico, similar al de Sam. Sin embargo, la diferencia en su porte era notable. Mientras el ya conocido personaje lucía impecable, con un traje a la medida, peinado de diseñador y una corbata delgada que acentuaba su figura esbelta, su acompañante mostraba un aspecto más desaliñado. Su traje azul parecía demasiado grande en las mangas y corto en los pantalones, ajustado incómodamente alrededor de su rechoncho cuerpo. Un espeso bigote adornaba su rostro regordete, junto a un ojo tuerto y un intento vano de ocultar su calvicie peinando los largos cabellos de los lados sobre su coronilla desnuda, generando una impresión cómica.
– No le hagas caso a este idiota – intervino Sam con una expresión de vergüenza. – Te esperábamos. Debemos apurarnos que la reunión está por comenzar –.
– ¿Reunión? ¿Qué reunión? – inquirió Gregor.
– Te contaré de camino. Este lugar me pone la piel de gallina – contestó Sam, encabezando la marcha hacia las escaleras.
Ascendieron en un silencio tenso. Gregor, abrumado y revuelto por una marea de emociones insondables, ni siquiera notó el puesto de revistas arcaicas que pasaron. Las imágenes de los niños desollados seguían atormentando su mente, impregnando su ser de desesperación e impotencia. Anhelaba con todas sus fuerzas escapar y volver a la seguridad de su refugio, pero en su interior sabía que ninguna súplica sería atendida.
< No puedes permitir que los demás se den cuenta de tu debilidad > pensó Gregor espontáneamente y, en el acto, se compuso.
Al salir del metro, apareció una escena impresionante: una calle bordeada de elegantes edificios de arquitectura neoclásica y neocolonial que conducía hacia una majestuosa catedral al final. A lo lejos, un pequeño grupo de cinco personas caminaba hacia el mismo destino.
Sam, con movimientos sigilosos, se acercó a Gregor.
– Observa esto – susurró, guiñándole el ojo y adelantándose hacia donde el personaje regordete se encontraba. – Oye, Tuertomás, ¿qué significa para ti el poder? – preguntó con un tono casual.
– ¡Es Tomás pendejo, mi nombre es Tomás! – replicó, claramente irritado, pero rápidamente se calmó y adoptó una expresión seria. – Pero respondiendo a tu pregunta estúpida, mi querido Sammy –.
Tomás se desabrochó el botón de su saco, cambiando su actitud drásticamente. Su semblante se tornó como el de un degenerado y su cadera se movió de atrás hacia adelante, gesticulando un acto erótico.
– Poder es… – dijo con un tono perverso. – ¡Poder meterles la verga! – exclamó con fervor.
Sam, entre risas contenidas, lanzó una mirada significativa a Gregor, como queriendo transmitirle un mensaje silencioso.
– ¡Poder meterles la verga a todos! ¡Absolutamente a todos! – gritó Tomás, enfatizando una risa burlona.
El grito resonó en el área, captando la atención de las únicas dos mujeres del grupo distante, quienes les lanzaron miradas de curiosidad y rechazo. Mientras Tomás se reía para sí mismo tras finalizar su acto, se giró y continuó hablando.
– Aunque no me malinterpretes, amiguito – dijo, observando a Gregor. – Meterles la verga a todos, siempre y cuando se realice dentro de las reglas del libre mercado – agregó, y luego, continuó su camino hacia la catedral, dejando a Gregor y a Sam atrás.
– No te dejes engañar, papi, ese hombre, o ese coyote, aunque parezca un tonto misógino, es más astuto de lo que aparenta – susurró Sam a Gregor, refiriéndose a Tomás.
– ¿Coyote? – preguntó, intrigado por la comparación.
– Verás, paps – explicó Sam, encendiendo un cigarrillo. – No todos los borregos que abandonan el rebaño se transforman en lobos. Tomás, en su lucha por sobrevivir, diseñó una estrategia diferente. En vez de desarrollar astucia o lealtad, se especializó en el arte del embuste y el oportunismo. Aunque dejó el rebaño, sigue dependiendo de él, volviendo para cazar a los más despistados – hizo una pausa, inhalando y exhalando humo con placer. – Hay quienes confunden a los lobos y a los coyotes por su apariencia, pero son muy distintos. El lobo es poderoso y leal, mientras que el coyote… bueno, solo observa a Tomás y verás – comentó, señalando al personaje que caminaba con un ritmo jocoso. – Pronto aprenderás a diferenciarlos, paps. Tú dale tiempo al tiempo. Pero lo importante es saber que, aunque la alianza del sur nos etiquete a todos los del norte como coyotes, hay quienes somos lobos, buscando ampliar nuestra manada. En lugar de explotar a los más débiles, los educamos y preparamos para sobrevivir, liberándolos eventualmente de las cadenas de la granja – concluyó, marcando una clara distinción en su filosofía.
Después de terminar su conversación, desechó su cigarro a la calle y avanzó en silencio junto a Gregor, quien reflexionaba y observaba al grupo de cinco, seguido por Tomás, desaparecer por el portón principal de la catedral. Al encontrarse frente a la imponente fachada, Gregor quedó maravillado. La magnitud del edificio, adornado con intrincadas decoraciones barrocas, lo dejó sin aliento. La mezcla de detalle y grandeza era abrumadora.
– Te esperamos adentro, paps. No tardes mucho – dijo Sam con una sonrisa, antes de cruzar el umbral del portón de madera.
Gregor se quedó solo, contemplando la fachada por un largo minuto, deseando poder quedarse ahí para siempre y evitar el destino incierto que le esperaba adentro. Con un suspiro profundo, cruzó la entrada.
Dentro, la catedral se mostraba aún más majestuosa e imponente. Portentosas columnas se elevaban, soportando un techo ornamentado bajo el cual se alineaban filas tras filas de bancas de madera, iluminadas por la luz que filtraba a través de los coloridos vitrales. Las paredes estaban adornadas con pinturas arcaicas y cada capilla albergaba un altar dorado. El lugar era tan vasto que, al principio, Gregor no logró ubicar al grupo que había entrado antes que él. Paseó lentamente por el pasillo central, hasta llegar al crucero, donde se sentó en una banca, logrando finalmente avistar a los demás.
El grupo se había dispersado en la catedral. Sam, de pie, conversaba animadamente con las únicas dos mujeres del grupo, quienes estaban sentadas en una banca cercana al crucero, opuesta a donde Gregor observaba. Charlaban con la familiaridad de viejos amigos, reflejando una gama de gestos y emociones típica de una charla íntima. La primera mujer, una elegante y atractiva dama de cabello castaño en las vísperas de los cuarenta, lanzaba miradas ocasionales a Gregor, como diciendo “Yo también te observo”. Lo más llamativo de ella no era la belleza de su madurez, sino su vestimenta inusual: una blusa, un saco y una falda corta, todos divididos verticalmente en dos colores contrastantes, rosa mexicano a la izquierda y blanco a la derecha, como una declaración de dualidad. La segunda mujer, en contraste, presentaba un aspecto distinto. Alta, de tez morena y una estructura corporal robusta. Su apariencia era una mezcla de rasgos masculinos y curvas pronunciadas, posiblemente realzadas quirúrgicamente. Además, su peluca dorada, maquillaje profuso y un ajustado vestido violeta le conferían un aire de exuberancia algo vulgar.
En el centro del crucero, en una mesa redonda bañada por la luz de los vitrales, Tomás y otro hombre aguardaban en silencio. Tomás, absorto en su reflejo de un pequeño espejo portátil, cubría infructuosamente su calvicie, mientras el otro, un hombre de aspecto similar, pero con un tumor descomunal que deformaba la mitad derecha de su rostro, jugueteaba con un letrero trapezoide frente a él. Su vestimenta era modesta, similar a la de Gregor, lo que añadía un aura de humildad a su presencia.
La figura que más esfuerzo le costó distinguir estaba al final del recinto, sumida en una contemplación devota frente al altar principal. Envuelta en una túnica sacerdotal que lo cubría de pies a cabeza, con una capucha ocultando su rostro, solo dejaba entrever la vejez de sus movimientos lentos y pausados.
Gregor se dedicó a estudiar detenidamente a los personajes a su alrededor, cada uno un enigma en sí mismo, hasta que…
(¡Bang!)
Su observación fue interrumpida abruptamente cuando una de las puertas laterales de la catedral se abrió con un golpe seco. Un hombre piel gris de edad mediana hizo su entrada. Vestía de manera casual, con una camisa de cuadros y jeans, sin dar muestras de ostentación o autoridad. Sin embargo, su presencia ejerció un efecto inmediato en los demás, quienes, al percibir su llegada, se apresuraron a ocupar sus lugares en la mesa circular, siguiendo la disposición indicada por los letreros trapezoidales.
Gregor siguió el ejemplo y tomó asiento en el lugar asignado para él. A su derecha, se sentó el misterioso personaje de la túnica, seguido de Sam y de Tomás, respectivamente. A su izquierda, el hombre con el prominente tumor, la voluptuosa dama y, finalmente, la mujer de vestimenta dual. En el lado opuesto, el recién llegado piel gris ocupó su lugar, retirando con cuidado algunos documentos de un portafolio negro.
– Presta atención – murmuró Sam a Gregor, inclinándose hacia él y encimándose sobre el encapuchado, para confiarle un secreto. – Tampoco te dejes engañar por las apariencias – advirtió con un gesto discreto hacia la mujer de la vestimenta dual. – Nikita puede parecer encantadora, pero es una hija de la chingada –.
En ese momento, el semblante de Sam se cargó de una complejidad emocional que Gregor no había percibido antes. La dualidad conformada por seguridad y melancolía que había notado en el auto se habían transformado en una mezcla de deseo pasional y un resentimiento ególatra.
– ¿Quién es? – preguntó Gregor, con una voz apenas audible.
– Nikita, la líder de Comunicadia. Un misterio de mujer, llena de contradicciones tanto lógicas como morales, y poseedora de un poder considerable, aunque indirecto. Es descendiente de los Guzmán, la familia que fundó el imperio de los teatros móviles que hoy conocemos como medios de comunicación. A veces es un tierno gatito, y al momento siguiente, se convierte en una víbora letal, capaz de difamar hasta lo irreal –.
Ante la mención de un apellido que no reconocía, intuyó que debía pertenecer a una familia de importancia en ese mundo desconocido para él.
Tras las palabras de Sam, el silencio se asentó pesadamente en la sala mientras el piel gris se aclaraba la garganta, captando la atención de todos los presentes con una autoridad implícita. Sus palabras, secas pero firmes, resonaron en el espacioso recinto.
– Muy bien, señoras y señores – comenzó, tensando el ambiente. – Como se acordó en nuestra reunión anterior, hoy llevaremos a cabo una sesión concisa para votar la propuesta de Sam, el proyecto “Enseñando a pescar”. Jesús, su servidor, al servicio del verdadero líder de Yo, Kali, y en mi rol de secretario, declaro abierta la sesión número ciento doce del programa “Representación Democrática por el Bien de los Ciudadanos”. El día de hoy contamos con la presencia de: Tomás, en representación de Big Corp –.
– Presente, presidente – replicó Tomás con una voz teñida de una burla cómica que contrastaba con la seriedad del ambiente.
– Abraham, en representación de La Tierra Prometida – prosiguió el secretario.
El anciano de la túnica sacerdotal respondió levantando su mano en un gesto silencioso.
– Sam, en representación del Prosperion–.
– Presente – afirmó con formalidad y atención plena.
– Gregor, en representación de Anigma –.
– Presente – dijo, emulando la respuesta y el tono de Sam.
– Greta, en representación de Epicurea –.
– Holi – respondió con una voz grave y rasposa, añadiendo una textura única al coro de voces.
La respuesta de Greta captó la atención de Gregor. Desde su perspectiva inicial, había supuesto que Greta era una mujer. Sin embargo, al observarla más de cerca, se dio cuenta de que se trataba de un hombre vestido de mujer.
– Nikita, en representación de Comunicadia –.
– Alo – intervino con un tono sereno y sensual.
– Bartolo, en representación de Equalis –.
– Presente – contestó el hombre del tumor.
Su voz era inusualmente aguda, con la peculiaridad de mal pronunciar la “r” como una “g”.
– Esto quiere decir que, considerando la ausencia de Kali, en representación de Yo, tenemos siete votos en total. Recuerden que para que la propuesta sea aprobada, necesitamos una mayoría de votos, así que se necesitan cuatro. ¿Alguna pregunta? – preguntó el secretario, escaneando la sala.
Gregor se encontraba brincando entre pensamientos, paralizado, intentando asimilar el torrente de información que le inundaba. Su mente fluctuaba entre un estado de alerta y una abrumadora confusión.
– Bien, Sam – continuó Jesús, al percibir el silencio. – Antes de proceder con la votación, ¿te gustaría compartir algunas palabras? –.
– Sí, muchas gracias, Jesús – respondió Sam, levantándose de su silla, persignándose en un gesto solemne y captando la atención de todos. – Compañeros, estoy verdaderamente orgulloso del proyecto que hemos desarrollado con tanto esfuerzo y que hemos presentado en la última sesión. Sin entrar a detalles, quiero resaltar lo siguiente, especialmente para aquellos que no estuvieron presentes – agregó, dirigiendo su mirada a Gregor. – El programa “Enseñando a pescar” busca exactamente lo que su nombre indica: estimular la responsabilidad individual de nuestro pueblo. Queremos empoderar a cada ciudadano para que emprenda su propio camino, construyendo la vida que desean a través de méritos, y de esta manera, no solo aumentar significativamente la productividad de nuestra ciudad, sino la felicidad de la gente – dijo, haciendo una pausa estratégica para dejar que sus palabras calaran en su audiencia.
Sam mantenía contacto visual con todos. Tomás, Abraham y Nikita escuchaban con atención, mientras que Greta y Bartolo se susurraban entre sí, gesticulando expresiones de escepticismo.
– Para alcanzar este cometido tan ambicioso – continuó Sam mientras sus ojos se deslizaban hacia el lado izquierdo de la mesa, donde Gregor había notado cierta resistencia. – No vamos a caer en el error que se ha cometido a lo largo de los años. No vamos a regalar los recursos al pueblo. Al contrario, lo invertiremos en capacitaciones recurrentes, buscando reemplazar la mentalidad de pedir por la de hacer – agregó haciendo una breve pausa. – Así que hoy, mis queridos colegas, nos enfrentamos a una decisión crucial. Una que puede redirigir el curso de nuestra sociedad. Pero esta decisión ya no está en mis manos, sino en las de cada uno de ustedes. Así que los dejo con esta reflexión: ¿Estamos preparados para construir la sociedad que incluso los arcaicos soñaron? ¿O preferimos mantenernos en la inercia de una sociedad que espera soluciones sin esfuerzo? La respuesta queda en sus manos – concluyó, marcando cada palabra con un tono teatral.
Se sentó y dirigió una mirada al secretario, como pasando simbólicamente la batuta de la conversación.
– Muchas gracias, Sam. ¿Alguien desea agregar algo? – preguntó Jesús, nuevamente escaneando la sala.
– Sí, yo – interrumpió Nikita de inmediato con una mirada desafiante que clavó en los hombres a la derecha de Gregor. – Me sorprende cómo tienen el descaro de hablar de “ayudar al pueblo a pescar”, cuando en realidad, su único interés es el acaparamiento descarado de recursos. Pretenden que sus licitaciones son justas, pero sabemos que las empresas ganadoras son solo fachadas para sus amigos y que las capacitaciones son tan solo la máscara de un engaño – agregó, señalando a Tomás.
Greta, el hombre vestido de mujer, y Bartolo, el hombre del tumor, asintieron con la cabeza, su escepticismo inicial reemplazado por una certeza compartida con Nikita. Abraham, el viejo encapuchado, permanecía en silencio, imperturbable, mientras Tomás soltaba una carcajada forzada.
– Habla la hija consentida – replicó Tomás con sarcasmo y con un tono burlón. – ¿Acaso no eres la que vive en un palacio construido con dinero sucio? Una niña mimada sin idea de finanzas públicas ni de evaluación de proyectos. Una hija de papi, títere de…
– ¡Orden! ¡Orden! – interrumpió Jesús, el piel gris, elevando la voz para sofocar el inicio de la disputa acalorada. – Recordemos el propósito de estas reuniones: buscar soluciones para mejorar la vida de nuestros ciudadanos, no para peleas personales o críticas destructivas. ¿Alguien más desea hablar? –.
En el interior de Gregor, incontables preguntas y comentarios sobre la iniciativa bullía con intensidad, impulsándolo a hablar. Sentía cada pregunta como un latido más fuerte en su pecho, como una necesidad casi física de expresarse. Sin embargo, al intentar hablar, encontró que sus palabras se desvanecían en la frontera de sus labios, atrapadas en su propio temor. Era una lucha silenciosa, un intento de su voluntad de atravesar la barrera del miedo que lo mantenía callado.
– Entonces procederemos con la votación – anunció Jesús, distribuyendo un papel y una pluma a cada participante. – Marquen con una cruz si están en contra, o con una paloma si están a favor. Cuando hayan terminado, depositen su voto aquí – indicó, señalando una urna en el centro de la mesa. – ¿Alguna duda? –.
Jesús guardó silencio por unos segundos y, ante la ausencia de respuesta, prosiguió.
– Tienen un minuto para votar. De lo contrario, su voto será nulo. Empezamos, ¡ahora! –.
(¡Pum!… ¡Pum!…)
En pocos segundos, todos habían depositado su voto, dejando a Gregor bajo el foco de todas las miradas.
– Treinta segundos – dijo Jesús.
(¡Pum!… ¡Pum!…)
La cuenta regresiva exacerbaba la ansiedad en Gregor; era un golpe a su raciocinio, disipando cualquier intento de análisis lógico.
– Quince segundos –.
< ¿Qué hago? ¡Maldita seas, concéntrate! > pensaba aterrado. < A ver… a ver… piensa… es evidente que, por cómo se desarrolló la sesión que son uno, dos, tres votos a favor y, dos, cuatro en contra. Eso quiere decir que…
– Diez segundos –.
La balanza estaba en sus manos. Parecía que su voto definiría el destino de la propuesta; su decisión sería decisiva.
(¡Pum!… ¡Pum!…)
< ¿Qué hago? ¿Qué hago? > se repetía.
Desconfiaba tanto de los personajes a su derecha como de los de su izquierda.
– Cinco… Cuatro… –.
(¡Pum!… ¡Pum!…)
En un arrebato de decisión, tomó la pluma y, con un movimiento casi instintivo, garabateó un símbolo en el papel, lanzándolo rápidamente a la urna.
– Cero – anunció Jesús. – Es hora de realizar el conteo –.
Todos los ojos se posaron en Jesús, quien, con manos meticulosas, comenzó a extraer los votos. El suspenso era palpable.
– En contra – dijo Jesús con voz neutra, desdoblando el primer voto tomado al azar. – En contra – agregó desdoblando el segundo.
Los rostros de los de la izquierda irradiaban una serenidad confiada con cada afirmación, mientras que los de la derecha exhibían un visible nerviosismo.
– A favor. A favor – prosiguió con el tercero y el cuarto voto.
El suspenso se intensificó. La anterior confianza del grupo de la izquierda se desvanecía gradualmente, cediendo paso a una incertidumbre creciente, mientras que una luz de esperanza iluminó las expresiones de los de la derecha.
– En contra –.
Sam cerró sus ojos, sumergiéndose en una quietud forzada, mientras que Abraham mantenía su rostro impasible, inmune al drama. Por su parte, Tomás fruncía su ceño, incapaz de contener su frustración. Al otro lado, Nikita, junto a Greta y Bartolo, se entregaban a una celebración silenciosa.
– En contra. En contra – declaró, sosteniendo el último papel entre sus dedos. – Esto significa que, con el recuento final de votos: dos a favor y cinco en contra, la iniciativa “Enseñando a pescar” queda oficialmente desaprobada –.
Con el anuncio del resultado, la catedral se llenó de los ecos triunfantes del grupo de la izquierda, mientras que los de la derecha se miraban con una combinación de enojo y confusión, buscando al posible traidor de los tres.
– Señoras y señores – continuó Jesús. – Con esto concluimos la sesión de hoy. Les recuerdo que la mesa más exclusiva de Degenere ya está preparada para ustedes. Espero que lo disfruten –.
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