Paralelo – Capítulo 12: Reflejo
– ¿Qué es lo que quiere? – preguntó Gregor, sin obtener respuesta.
El guardia caminaba con tanta rapidez que casi había que correr para seguirle el paso. La forma en que se movía aquel hombre delgado era fascinante. Parecía deslizarse por el aire al caminar, exhibiendo una elegancia y fluidez impecables, como si cada músculo estuviera meticulosamente entrenado para optimizar cada movimiento. Además, sus sentidos, siempre alertas, daban la impresión de que su cuerpo moreno y tatuado, junto a su cabeza rapada, estuvieran dotados de ojos incluso en la parte trasera. Bastaba un leve sonido apenas perceptible para que girara y observara su origen. Aunque Gregor era su prisionero temporal, no estaba esposado ni bajo vigilancia estricta. Podría intentar escapar, pero en el fondo sabía que era inútil. La mera presencia silenciosa de aquel hombre aplacaba cualquier deseo de fuga.
A medida que avanzaban, el ruido de los manifestantes afuera de la guarida se intensificaba.
– Camina normal, o con naturalidad, como diría la gente culta. Vamos a atravesar la multitud hasta la puerta trasera – instruyó finalmente el hombre, alterando su forma de caminar.
Ahora se movía con un andar errático, como si estuviera imitando a un borracho. Además, sus harapos desaliñados lo hacían pasar por uno más en la muchedumbre. Era indudablemente un maestro del sigilo. Lo único que lo distinguía de los demás, era una pequeña bolsa de piel que colgaba en uno de sus costados, a la altura de su cadera.
– Mantén un perfil bajo, perro, no llames la atención. Aunque parezcan idiotas, tienen un ojo experto para detectar lo inusual – advirtió el hombre con tranquilidad y seguridad.
A medida que avanzaban, el clamor de la multitud se hizo diáfano. Los gritos de furia y desesperación resonaban como un solo ser, iluminados por la luz artificial de los numerosos focos de la explanada.
– ¡Si no hay comida, les quitamos la vida! ¡Si no hay comida, les quitamos la vida! – rugía la muchedumbre hambrienta en protesta, haciéndose visible entre la densa niebla
La atención del griterío estaba dirigido a la puerta principal de la guarida, custodiada por decenas de musculosos guardias. Gregor y su acompañante lograron cruzar la primera capa de la multitud sin llamar la atención.
– ¡Hija de su puta madre! Llevamos tres días sin comer. ¿Por qué no hacen nada? – exclamó un joven chaparro y moreno de la multitud a su compañero, quien, con una expresión resignada y vacía, miraba al suelo.
A su alrededor, se veían rostros tristes y cuerpos delgados, hombres y mujeres con ojos cansados.
– Papá va a regresar con comida, tranquila, mi amor, papá va a regresar – murmuraba una mujer sentada en una banca, acunando en su regazo a su hija acurrucada en posición fetal. Acariciaba suavemente su cabeza, tratando de consolarla.
– ¡Por favor, no vayas! – suplicaba una voz femenina a un hombre que parecía ser su esposo, marcada por la angustia.
– ¡Carajo, tengo que ir! – respondió un hombre de voz ronca, empujándola para liberarse de su abrazo desesperado y corriendo hacia la puerta principal entre la masa de odio.
A mitad de camino hacia Trinchera, la calle que conecta con la puerta trasera, un grito repentino los detuvo.
(¡Pum…! ¡Pum…!)
– ¡Eh! ¡Tú! – exclamó una voz furiosa y cercana a la derecha.
Gregor se sobresaltó, girando instintivamente para ver el origen del ruido. Un hombre de unos cuarenta años, parte de la masa de odio, asestó un golpe seco en la cara de un adolescente. El joven, también perteneciente a la masa de odio, cayó al suelo, completamente noqueado. Este incidente controvertido captó inmediatamente la atención de espectadores que se acercaron de todas direcciones.
– Camina más rápido, esto no pinta bien – susurró el guardia, abandonando su actuación de borracho y aumentando la velocidad de su paso.
Eran los únicos que se alejaban del imán de morbo, lo que despertaba una curiosidad momentánea de los transeúntes que venían en sentido contrario. Pasaron junto a diversos personajes: un joven cadavérico que daba codazos a sus semejantes; un enano repleto de tumores que corría ágilmente, mirando con resentimiento a los más altos; una niña pequeña acompañada de su hermano mayor; y muchas personas de aspectos variados y peculiares.
Con cada paso, la muchedumbre se disipaba, volviéndose menos densa, lo que les permitió relajarse un poco, pero justo en ese momento…
(¡Pum…! ¡Pum…!)
Notó que una señora sesentona lo observaba detenidamente, con una expresión de desagrado y confusión.
< ¿Por qué me mira tanto? > pensaba Gregor, ansioso.
(¡Pum…! ¡Pum…!)
– ¡Ahí está el privilegiado! ¡Es él! – exclamó la mujer, intentando captar la atención de la muchedumbre dispersa mientras señalaba a Gregor.
– ¡Corre! ¡Rápido! – instó el guardia.
– ¡Es él! ¡Es él! – chilló otra voz masculina cercana, apuntando también hacia él.
Los sentidos de Gregor se agudizaron, su corazón aceleró su marcha, y sus músculos se tensaron, listos para la supervivencia. Empezaron a correr de inmediato. Aún debían atravesar una sección de la multitud, por lo que tenían que ser más rápidos que la propagación del mensaje de rencor si deseaban escapar.
– ¡Atrápenlos! ¡No dejen que se escapen! – gritaba una niña, contagiada por el odio de los adultos.
Gregor y el guardia corrieron a toda velocidad hacia Trinchera, esquivando alguna que otra persona confundida en los límites de la masa enfurecida y montañas de escombros que parecían hacerse más grandes conforme más se adentraban a la calle.
(¡Pum…! ¡Pum…!)
Conforme se alejaban, la muchedumbre desaparecía entre la neblina. Sin embargo, el sonido atronador y la vibración del suelo eran señales inequívocas: la masa de odio avanzaba implacablemente hacia ellos, como un tsunami de hambre y resentimiento.
Rápidamente, esquivando las montañas de escombros de Trinchera, alcanzaron la puerta trasera, encontrándola inmisericordemente cerrada e iluminada por las luces artificiales de la guarida. El guardia se detuvo abruptamente, analizando la situación con una frialdad estratégica, extrayendo dos cuchillos de sus harapos. Gregor, cuyo corazón latía con fuerza, comprendió que se avecinaba un enfrentamiento inevitable, paralizándolo con un miedo visceral.
– Prepárate – ordenó el guardia, entregándole a Gregor uno de los cuchillos y dirigiéndose con paso firme en dirección de la muchedumbre enfurecida, como si supiera que la puerta no iba a abrirse.
La niebla era un velo que ocultaba el peligro, pero el estruendo de los pasos del tumulto era inconfundible. Mientras Gregor yacía paralizado, levantando la mirada en un intento de reconciliación con el destino, el guardia, que ya se encontraba a unos metros de distancia, sacó de su bolsa tres objetos y quedó inmóvil, como un cazador aguardando el momento preciso para atacar. Luego, lanzó los objetos a través de la calle, marcando una barrera entre él y la masa de odio. Inmediatamente después, regresó a la puerta trasera, reflejando en su rostro un extraño júbilo.
– Fíjate bien – dijo el guardia, señalando a la neblina. – En cualquier momento aparecerá la muerte – agregó, con una sonrisa extasiada que dejó a Gregor perplejo.
(¡Pum…! ¡Pum…!)
Entonces, tres explosiones sordas sonaron, y columnas de humo negro se levantaron de la calle, formando una barrera visual, adicional a la niebla. Gregor ahora veía el genio detrás del plan del guardia y la razón del acomodo irregular del escombro de la calle. Utilizar bombas de humo para crear una cortina que impidiera la visión del tsunami.
En ese momento, a lo lejos, apareció brevemente la masa de odio antes de quedar oculta por la barrera de humo artificial.
– En tres… dos… uno… – dijo el guardia, con su misma cara de éxtasis.
Al finalizar el conteo, tomó una respiración profunda, sacó otro par de cuchillos, y los lanzó sucesivamente hacia la cortina de humo. Al mismo tiempo, los primeros rostros de la muchedumbre se hicieron visibles.
(¡Pum…! ¡Pum…!)
El primer cuchillo se clavó en uno de los líderes del tsunami de ira, y casi al instante, el segundo cuchillo encontró el cuello de otro, provocando su caída y un efecto dominó en los que venían atrás. La masa de odio perdió el control, tropezando unos con otros y chocando contra los escombros ocultos tras el humo. Los gritos de dolor y confusión inundaron el espacio. El caos resultante, para sorpresa y alivio de Gregor, indicaba que el plan del guardia había funcionado. Y así, contra todo pronóstico, frenaron el avance del tsunami. Sin embargo, unas veintitantas personas habían logrado atravesar el tumulto, uniéndose en un pequeño grupo que se levantaba de la montaña de cuerpos y amenazaba con atacarlos. El guardia extrajo su último par de cuchillos, preparándose para la guerra. Veinticinco contra dos.
(¡Pum…! ¡Pum…!)
Detrás de ellos, un chirrido sonó. La puerta trasera se abrió, revelando la figura imponente de un hombre rubio y gigantesco, al menos dos cabezas más alto y el doble de ancho que su compañero. Estaba completamente equipado. En su mano izquierda sostenía un escudo, mientras que en la derecha empuñaba una gruesa cadena negra de tres metros de largo que reposaba sobre su hombro. Además, una cota de malla protegía su torso, y un casco metálico cubría su cabeza.
– Pluma – le dijo el nuevo inmenso personaje a su compañero.
– Toro – contestó el otro.
– ¿Listo? –.
– Siempre listo –.
Podrían haber optado por entrar por la puerta y cerrarla detrás de sí, pero eso no parecía formar parte del plan del dúo, quienes intercambiaron miradas, asintieron y adoptaron una posición de combate. La entrada de Toro intimidó a los veintitantos adversarios, pero después de una rápida reflexión, también se prepararon para el enfrentamiento y avanzaron hacia los tres.
– Gregor, atrás de nosotros, no te separes – instruyó Pluma.
(¡Pum…! ¡Pum…!)
En un momento decisivo, el más fornido del grupo de veintitantos avanzó, rugiendo ferozmente, seguido de otros cuatro guerreros igual de intimidantes. Pero Toro, maestro del látigo metálico, se movía como una tempestad de acero. Con un giro, lanzó su onda mortal, destruyendo el cráneo de dos de ellos con una fuerza sobrenatural. Luego, Pluma, en un elegante y mortífero ballet, avanzó hacia los tres restantes y comenzó su combate cuerpo a cuerpo. Sus cuchillas danzaron en el aire, encontrando primero el cuello de uno, el estómago de otro, y finalmente el ojo del último, con una precisión quirúrgica. Los cuerpos cayeron al suelo uno tras otro.
La escena dejó a los espectadores paralizados de terror, algunos retrocedieron horrorizados, mientras otros, los más débiles, comenzaron a huir. Toro, con la cadena aún en movimiento, se preparó para otro ataque devastador. Pero no fue necesario; la visión de sus compañeros caídos había quebrantado el espíritu de la multitud. Los que quedaban, ahora suspendidos por el miedo, se dispersaron rápidamente. La batalla había terminado, y contra todo pronóstico, habían ganado.
Los lamentos y gritos cargados de sufrimiento resonaban desde la montaña de cuerpos enmarañados. Probablemente la gran mayoría de ellos morirían ahogados o aplastados. Y así, la unión que una vez los unió en su marcha de indignación había colapsado bajo el peso de la supervivencia. La cooperación del tsunami fue reemplazada por egoísmo. Algunos de los menos heridos incluso empezaron a robar a los muertos y los inconscientes, a quienes antes consideraban aliados. Era un espectáculo de trágica ironía: los oprimidos convertidos en sus propios opresores.
– Vámonos – dictó Pluma.
Al cruzar el umbral de la guarida, se cerraba un capítulo sombrío. Detrás quedaba una multitud enfrascada en su propia autodestrucción y mediocridad. La puerta cerrada se convirtió en el sello final a un retrato de vergüenza, un recordatorio de que, en su búsqueda de significado y justicia, el hombre fácilmente se convierte en la misma bestia que juró derrotar. Un reflejo.
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