Paralelo – Capítulo 11: Animales
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Llegó con un retraso de treinta minutos a su refugio. La piel de sus brazos y su rostro estaba teñida de rojo e irritada, quemada por los rayos solares y por el aire gélido. La oscuridad del crepúsculo se extendía por la ciudad, esparciéndose especialmente los espacios internos. Siguiendo su ritual tras cada expedición arqueológica, se detuvo justo en el umbral del vestíbulo; cerró los ojos y tomó una profunda respiración, saboreando el instante de regreso tras un extenuante día de descubrimientos. Luego, cruzó hacia el vestíbulo y empezó su ascenso por las escaleras comunes, reflexionando sobre las historias que podrían revelar sus descubrimientos del día. Sin embargo, una vez llegó al segundo piso…
(¡Psh!)
Un sonido tenue, reminiscente al de una bolita de papel golpeando el suelo, interrumpió el silencio, pausando las cavilaciones de Gregor y congelando sus pasos al instante. La oscuridad era casi absoluta, lo que lo llevó a actuar con prontitud: extrajo un encendedor de su chamarra y lo encendió para iluminar el suelo de madera. Barrió con la llama los alrededores, buscando el origen del sonido, pero sus esfuerzos resultaron infructuosos; no había rastro de nada.
< Quizás solo fue mi imaginación > pensó.
Decidiendo ignorar el ruido, continuó su camino hacia el tercer piso. Allí se detuvo nuevamente, su mirada se fijó en la puerta cerrada de Tara, al final del corredor opuesto a su departamento. Reflexionó ante la posibilidad de visitarla, considerando que la reciente muerte de Runa había reavivado sus periodos de depresión. Finalmente, tras un breve momento de indecisión, decidió entrar a su propia habitación, cerrándola con llave.
< Debe estar descansado > pensó, seguro de su decisión.
Encendió dos velas, se sirvió algo de agua y comida, y se sentó en su escritorio, donde colocó los hallazgos del día: el libro y los papeles adhesivos de colores. Luego, prosiguió a contemplar su colecta del día, sintiendo una mezcla de orgullo y la expectativa anticipada típica de quien está a punto de descubrir un resultado importante. Dejándose guiar por la espontaneidad del momento, tomó el libro y comenzó a leer las primeras páginas escritas a mano.
En un rincón de luces frías y papel,
donde el eco del silencio canta el anhelo,
se encuentra un alma, buscando su cielo,
perdida en el oficio, sin rumbo ni laurel.
Observa el mundo girar por la ventana,
mientras su mente se llena de preguntas sin calma:
«¿Dónde está mi pasión? ¿Qué me hará despertar?»,
una brújula rota, buscando su verdad.
Las horas se desvanecen, sin lograr encontrar,
esa chispa escondida, ese sueño por alcanzar.
Desea una señal, una guía, un faro en alta mar,
un destino claro, que le ayude a caminar.
Decía en la primer página con la fecha de “Enero 2024”. Luego, páginas en blanco se sucedían hasta un tercio del libro, donde aparecía otro texto.
En este ciclo monótono me hallo atrapado,
mis días son hojas en blanco, un susurro apagado.
¿Dónde hallar refugio, dónde descansar,
cuando el corazón agotado no puede más?
El ruido de la oficina me persigue hasta el bar,
buscando ahogar en un trago lo que no puedo olvidar.
“Junio 2024” era la fecha del texto. Al igual que con el poema anterior, las siguientes páginas se encontraban vacías hasta casi la mitad del libro, donde un nuevo texto apareció.
Entre pilas de documentos y el tic-tac incesante,
el mundo se tiñe de gris, y todo parece distante.
Pero allí, entre columnas de carpetas, una sonrisa resplandece,
como una luna brillante que en la oscuridad aparece.
Su belleza es un oasis en el desierto del deber,
una pausa, un respiro, que le hace renacer.
En el universo de la rutina y el protocolo,
ella es la melodía que da sentido a todo.
“Julio 2024” era la fecha del texto. El estilo de escritura se había transformado, mostrando un tono más vivaz y esperanzador. Luego, le siguieron nuevamente páginas vacías, hasta encontrarse un último poema hasta el final con fecha de Septiembre 2025.
A su lado, una compañera que ya no logra comprender,
los secretos y heridas que en su corazón comienzan a arder.
Dos almas en paralelo, que olvidaron cómo dialogar,
y en ese abismo creciente, solo hay desencuentro y soledad.
Lo que una vez fue carga, hoy es su escape y calma,
entre cifras y papeles, su alma encuentra su bálsamo.
En cada proyecto y plazo, un alivio al dolor que pesa,
su labor cotidiana, un refugio que su angustia cesa.
Pero en la oscuridad, una luz pequeña pero firme insiste,
su hija, con risas y juegos, la tormenta disipa, persiste.
En su inocencia y amor, encuentra la fuerza para enfrentar,
cada día, por ella, decide luchar, vivir y amar.
Hazlo por ella.
Gregor cerró el libro, reflexionando por largos minutos y reconsiderando su percepción sobre el mundo arcaico. Hasta ese día, había creído que, estando en la cúspide de la civilización humana, el sufrimiento de esas personas no era comparable con el de su sociedad actual.
< Quizá no seamos tan distintos después de todo > pensó antes de continuar con su labor.
Era el turno de los papeles adhesivos de colores. Cada nota era un retazo de la cotidianidad de los trabajadores arcaicos, sus preocupaciones, sus pequeñas alegrías y sus secretos.
Verde:
Lunes – 12:00 pm RP; Martes – 1:00 pm RS; Jueves – 10:00 am RE.
Rosa:
55238-19223; 553842-29341
Azul:
01.0001-01.1500 Norteamérica; 01.1501-01.3000 LATAM; 01.3001-01.4500 Europa; 02.000001-02.500000 China
< Nada relevante. Como era de esperarse de estos papeles >.
Amarillo:
José Ramón Salaazar – 5532455127
Naranja:
“Le grité a Dios al ver al niño morir de hambre, hasta que comprendí que el niño muriendo de hambre era Dios gritándome a mí”
Decía el último papel adhesivo.
En contra de todo pronóstico, había encontrado una joya inesperada. No comprendía el mensaje del todo, pero intuía que la frase contenía un poder sinigual. Entonces, con el eco del mensaje en su mente, se sintió compelido a actuar. Tomó una vela y salió de su habitación, caminando hacia la puerta de Tara y tocando con firmeza.
(¡Toc… Toc… Toc…!)
Se escuchó, seguido de un silencio absoluto. La noche ya era avanzada y ninguna luz se filtraba por debajo de la puerta de Tara. A pesar de esto, su patrón de sueño era notoriamente impredecible, lo que sugería que aún podría estar despierta.
< ¿Estará dormida? Tal vez sea mejor regresar mañan…
(¡Psh!)
El mismo sonido que antes resonó cuando llegó, se hizo presente. Con su vela, buscó el origen en el suelo del corredor, pero nada parecía fuera de su lugar. Solo un piso rodeado de muros de madera sucia y polvorienta.
Tras unos momentos, donde no encontró nada, Gregor insistió de nuevo en la puerta.
(¡Toc… Toc… Toc…!)
No hubo respuesta, pero en el silencio que siguió, sonó nuevamente el sutil ruido, en esta ocasión cerca de sus pies.
(¡Psh!)
Giró rápidamente hacia la izquierda, recorriendo con la vela y la mirada el suelo de madera que se perdía en la penumbra.
(¡Psh!)
Giró a su derecha, luego hacia atrás, y justo en el momento en que iluminó el suelo…
(¡Pum…! ¡Pum…!)
Una figura pequeña se deslizó por el suelo, dirigiéndose ágilmente hacia las escaleras. Era difícil discernir su forma exacta, pero su movimiento sugería la presencia de algún animalejo. Entonces, en ese momento, la confusión y un miedo irracional lo invadieron, ¿sería posible que se tratara de animal real en un mundo donde ya no existían, o quizá se trataba de un robot o alguna creación humana?
Siguiendo el tenue rastro del animal e iluminando intermitentemente el camino, Gregor descendió al segundo piso. Una vez ahí, la penumbra lo envolvió y la pista de la criatura desapareció. Sin embargo, tras escudriñar sus alrededores, en una de las esquinas del corredor, un pequeño destello color turquesa captó su atención. Levantó la mano que asía la vela y se acercó lentamente con una cautela que era dirigida por su miedo.
(¡Pum…! ¡Pum…!)
Justo entonces, el animal reapareció fugazmente, brindándole a Gregor la oportunidad de observar detenidamente a la criatura antes de que esta se deslizara rápidamente hacia otra esquina. Era una cucaracha, pero distaba mucho de ser ordinaria, nada parecido a las que había apreciado en el libro de Animales. Su aspecto era una mezcla de inanimado y vivo. El caparazón del insecto, que parecía estar tallado en madera y adornado con intrincados patrones fractales, irradiaba un resplandor turquesa desde su interior. Pero, a pesar de su apariencia pétrea, sus antenas y patas se movían con una vivacidad orgánica digna de un animal real.
Manteniendo su mirada fija en el objetivo, Gregor rastreó el recorrido de la cucaracha, que se detuvo en otra esquina del corredor. El brillo que surgía de su cuerpo, por insólito que pareciera, despertaba en él una sensación peculiar, casi como si el insecto intentara comunicarse, como si quisiera transmitirle un mensaje. Al llegar a una corta distancia, se agachó lentamente, impulsado por el deseo de descubrir los secretos que esa pequeña vida parecía ansiosa por revelar.
(¡Pum…! ¡Pum…!)
En ese momento, el insecto abrió sus delgadas alas translúcidas y voló directamente hacia él, como si fuera a atacarlo. Gregor se apartó con agilidad, pegándose al muro y observando al insecto volar por el pasillo hacia la oscuridad, en dirección al departamento de Runa. Tras un breve respiro, siguió nuevamente al bicho, encontrándolo en el umbral de la puerta. Decidido a cambiar de estrategia, resolvió capturar al animal. Tomó tres profundos respiros y comenzó a correr. Al percatarse, el bicho corrió hacia el muro.
(¡Pum…! ¡Pum…!)
En una fracción de segundo, Gregor tomó una decisión; sus piernas se tensaron y saltó, extendiendo su mano derecha. Mientras caía, vio en cámara lenta el movimiento de la cucaracha. Su mano golpeó el muro, y su cuerpo cayó al suelo. Sintió un cosquilleo en los dedos, sin embargo, el bicho, luchando por su vida, logró zafarse y huir, entrando por la franja de la puerta del departamento de Runa.
Con el cuerpo adolorido, Gregor se puso de pie, y justo entonces, una voz resonó desde las escaleras comunes.
– Gregor – se escuchó la voz de un viejo.
– ¿Jerome? – preguntó él, confundido.
– ¿Qué haces? ¿Todo bien? ¿Por qué tanto alboroto? – interrogó Jerome con una mezcla de preocupación y reprobación.
Gregor se quitó la chamarra, la colocó en la franja de la puerta para evitar el escape del bicho y se acercó a Jerome.
– Lo siento. Buscaba a Tara, pero parece que no está. Y luego, por extraño que parezca, encontré un animal, una cucaracha, pero…
– ¿Tú también estás consumiendo drogas? – interrumpió Jerome con severidad.
En la penumbra del penúltimo escalón, los ojos del viejo y su piel grisácea brillaban con la luz de la vela.
– No, no es eso – respondió Gregor, sabiendo que cualquier explicación sería inútil dada la rareza del evento. – ¿Sabes algo de Tara? Toqué su puerta, pero no la encontré – agregó, cambiando de tema.
– Creí que estaba aquí. La oí hace un rato –.
Ambos quedaron en silencio por unos momentos, pensativos.
– Esta mañana me pidió dinero, pero no se lo di – dijo al fin Jerome. – Si no está en su departamento, es posible que haya ido a…
– La Torre – interrumpió Gregor, preocupado.
– Exactamente –.
Gregor, preso de la urgencia, se apresuró hacia las escaleras para ir en busca de Tara.
– Necesito ir ahora, con permiso – declaró con firmeza.
– ¡Espera, Gregor! ¡Espera! – insistió Jerome, bloqueando su camino.
– ¡Necesito pasar! – replicó, elevando la voz.
– Solo escucha lo que tengo que decirte, luego, si sigues queriendo ir, te dejaré –.
Después de una pausa tensa, Gregor asintió, mostrando su impaciencia.
– Nada de lo que pasó es tu culpa – dijo suavemente el viejo. – Aunque ya lo sabes, actúas como si no fuera así. Fue Runa quien tomó esa decisión, lo que la convierte en la responsable sobre lo sucedido. Deja de castigarte – añadió, haciendo una pausa y mostrando un semblante triste. – Y lo mismo ocurre con Tara. Es cierto que está mal, pero no es tu responsabilidad. Ella es adulta y si decide afrontar el duelo de esa manera, culpando a los demás y autodestruyéndose, no puedes impedírselo. Puedes ayudarla, apoyarla y guiarla hacia la responsabilidad, pero nada más. El resto corre por su parte –.
Reinó un silencio momentáneo incómodo tras las palabras de Jerome.
– ¿Terminaste? – preguntó Gregor, impaciente.
– Sí – respondió, apartándose. – Pero recuerda, seguir a alguien que toma decisiones estúpidas puede arrastrarte a sus consecuencias – añadió con una mirada perdida en recuerdos amargos. – Tara y tú tuvieron suerte con el Chef, pero…
(¡Toc… Toc… Toc…!)
La puerta principal del edificio resonó con fuertes golpes, interrumpiendo a Jerome.
– ¡Tara! – exclamaron a la vez, apresurándose hacia el vestíbulo, descendiendo las escaleras comunes.
(¡Toc… Toc… Toc…!)
Los golpes persistieron.
< Pero no puede ser ella, no tiene la fuerza para golpear así > pensaron ambos perturbados.
(¡Toc… Toc… Toc…!)
– ¿Quién está ahí? ¿Qué quiere? – preguntó el viejo una vez se encontraron junto a la puerta.
La ausencia de respuesta aumentó la tensión.
(¡Toc… Toc… Toc…!)
Con más fuerza, la insistencia en la puerta se tornó alarmante. A pesar del temor, necesitaban ver quién llamaba pues podría ser Tara. Se miraron, compartiendo una ansiedad mutua.
(¡Toc… Toc… Toc…!)
Decidido, Gregor giró la perilla y abrió la puerta.
(¡Pum…! ¡Pum…!)
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