Mensaje de un extraterrestre

—Entonces… ¿nos vas a decir de dónde vienes y cómo llegaste hasta aquí? —preguntó el agente de la CIA, observando con cautela al ser frente a él.

Ambos estaban en una sala de interrogatorios hermética, un recinto frío y estéril en una ubicación desconocida. La iluminación blanca y uniforme proyectaba una luz casi quirúrgica sobre el alienígena, resaltando su figura esbelta y su piel grisácea, lisa y sin una sola arruga. Sus ojos, enormes y oscuros, no reflejaban la luz, como dos hoyos negros que absorbían cualquier destello.

—Como ya te dije, mi origen no importa —respondió el extraterrestre con una voz grave y pausada, carente de emoción. —Lo relevante es que estoy aquí, ahora.

El agente, un hombre cincuentón de complexión robusta y de rostro surcado por años de obediencia ciega, apretó los labios hasta que las líneas de su mandíbula se marcaron. No era solo la sensación de déjà vu ni la irrealidad del momento; era la presencia de aquel ser lo que lo estremecía de un modo visceral. Un miedo que ni el caos ensordecedor de los campos de batalla, el crepitar del fuego cruzado o el eco de órdenes desesperadas en las guerras que había sobrevivido, lograron despertar en él.

—Tal vez para ti no signifique nada, pero para nosotros, por seguridad internacional, es crucial saberlo —insistió con un tono inquisitivo que rayaba en la exigencia.

El extraterrestre no reaccionó. Se mantenía inmóvil, observándolo con una serenidad perturbadora.

—Cuando digo que no tiene importancia, no es por despreciar sus preocupaciones humanas —aclaró, inclinando apenas la cabeza. —Es porque, aunque intentara explicarlo, no lo comprenderían.

Una ola de frustración recorrió al agente, calentando su cuerpo. En su mente destellaron recuerdos de interrogatorios pasados: rostros demacrados de prisioneros de guerra, súplicas rotas bajo sus manos implacables, la satisfacción fría de arrancar respuestas que doblegaban al enemigo. Siempre había dominado la situación. Pero ahora era diferente. No solo carecía de control, sino que sentía cómo sus preguntas se deslizaban inútilmente, como si el alienígena, con esa calma inquietante, dirigiera cada instante, sin esfuerzo alguno.

—Mi mundo está más allá de los límites del universo que su especie conoce. Un lugar inexistente para lo que llaman ciencia, invisible incluso para sus herramientas más avanzadas.

—¿Quieres decir que vienes de un planeta más allá del universo observable?

—No. Mucho más lejos que eso.

—¿De otra dimensión? —preguntó, entrecerrando sus ojos e intentando aferrarse a algo que tuviera sentido.

—Esa sería una forma rudimentaria de verlo.

Un calor sutil empezó a extenderse por el cuerpo del agente, un enojo leve pero involuntario emergía lentamente. Aunque el tono del alienígena era grave y sereno, había un dejo de burla en sus palabras.

—Eso no parece posible, pero… si es verdad lo que dices, entonces ¿cómo llegaste hasta aquí?

—Todo parece imposible cuando se analiza con los conocimientos limitados de su especie y su tecnología primitiva.

—¿Acaso viajaste en el tiempo?

Por primera vez, una leve sonrisa cruzó el rostro del alienígena, sutil pero cargada de una condescendencia casi imperceptible.

—El tiempo, tal como ustedes lo conciben, no existe.

El agente se inclinó hacia adelante, avanzando unos centímetros con el torso rígido, un gesto calculado para imponerse al alienígena y desafiar su calma imperturbable.

—¿No existe? ¿Qué quieres decir? —replicó, elevando su voz—. El tiempo es un hecho. Nuestros mejores científicos lo han demostrado una y otra vez.

El extraterrestre lo observó en silencio por un momento, midiendo su incomprensión y pensando la manera de transmitir un mensaje comprensible.

—Lo que ustedes llaman «tiempo» no es más que una herramienta conceptual para medir la secuencia de los eventos, una ilusión creada para dar orden a la causalidad. La vida, especialmente la humana, ha evolucionado para percibirlo como una línea, una estructura útil que les permite organizarse y coincidir en momentos específicos. La verdadera realidad, lo único que existe, es el presente: el aquí y el ahora. Todo lo demás, el pasado y el futuro, no son más que creaciones de su mente.

—¿Qué hay entonces de la relatividad? —preguntó el agente, buscando un ancla en algo familiar, algo que su mente entrenada pudiera comprender.

—La relatividad no significa que el tiempo sea una dimensión por la que puedes viajar libremente. Si fuera así, las reglas fundamentales que mantienen el orden de las cosas se romperían. De hecho, la causalidad, o el presente, solo tiene una dirección: siempre fluye hacia adelante, un camino sin retorno que no permite deshacer lo que ya fue. En realidad, la relatividad explica que los eventos suceden a ritmos distintos según el entorno donde te encuentres. Cerca de un agujero negro, por ejemplo, donde la gravedad es abrumadora, o al moverte a velocidades cercanas a la luz, la causalidad se desacelera en relación con la causalidad externa. Desde tu perspectiva, todo ocurre con normalidad: las acciones siguen su curso, un segundo sigue siendo un segundo. Sin embargo, al compararlo con el resto del universo, notarías que afuera han ocurrido muchos más eventos en lo que para ti fue un simple instante. Al regresar, descubrirías que el mundo ha cambiado mucho más de lo que esperabas, como si hubieras dado un salto hacia adelante en la secuencia de la existencia. Esto no es un «viaje en el tiempo» en el sentido convencional, porque todo siempre es el presente. Es, más bien, una diferencia en el ritmo al que transcurrieron los sucesos. Alcanzar este efecto, no obstante, requiere una cantidad de energía tan inmensa que está mucho más allá de lo que su tecnología puede siquiera imaginar.

El extraterrestre calló de pronto, llenando la sala en un silencio absoluto. Luego, comenzó a moverse. Sus brazos, largos y delgados, se elevaron con una lentitud imposible, como si el aire se hubiera vuelto denso a su alrededor. Por un instante, al agente le pareció que uno de ellos atravesaba la mesa, antes de volver a su lugar. La cabeza del extraterrestre se ladeó apenas, milímetro a milímetro, mientras sus ojos oscuros parpadeaban en un ritmo glacial. El párpado descendió tan despacio que la espera se volvió insoportable. Entonces, todo cesó: sus movimientos se congelaron por completo durante largos minutos. El agente, atrapado en esa quietud, sintió su cuerpo paralizado, incapaz de moverse, pero expectante ante lo que pudiera ocurrir. Finalmente, como si el tiempo no se hubiera detenido jamás, el alienígena retomó la palabra con un tono sereno.

—Si la causalidad puede ralentizarse con respecto al exterior, podrías preguntarte si es posible que llegue a detenerse por completo. En el borde de un agujero negro, los eventos a tu alrededor se ralentizan tanto que, desde fuera, parecerías quedar congelado, atrapado en un instante inmóvil mientras el universo sigue avanzando. Sin embargo, la causalidad nunca se detiene, y mucho menos puede revertirse. La desconexión con el exterior no es absoluta: los agujeros negros no son completamente oscuros; se evaporan gradualmente debido a efectos cuánticos. Así, aunque el flujo de los sucesos se desacople casi por completo del resto del universo, su curso sigue adelante, siempre en una sola dirección, hacia adelante. Esto mismo explica por qué viajar al pasado es imposible: lo que ya ocurrió no puede repetirse ni deshacerse; ha quedado fuera de la causalidad activa, del presente, existiendo solo como huellas en la memoria del universo.

El agente se quedó callado. Su cuerpo estaba rígido y encendido por una furia contenida, herido por la calma casi burlona del extraterrestre. Era como si lo trataran como a un niño, desmenuzándole lo obvio con paciencia exagerada. Sin embargo, el significado se le escurría aún.

—Pero nada de esto realmente importa —prosiguió el alienígena. —No estás haciendo las preguntas correctas. Te enfocas en cuestiones cuyas respuestas, además de ser irrelevantes para ti, están lejos de la verdadera razón de mi visita. La pregunta que deberías hacer no es ‘¿cómo llegué aquí?’, sino ‘¿qué estoy haciendo aquí?’

—¿Y bien? ¿A qué vienes? —preguntó, suavizando la voz para reprimir la furia que le abrasaba la sangre. Quería arremeter contra el alienígena, desenfundar su pistola y liberar la impotencia que lo consumía, desenterrar los demonios que una vez lo habían dominado mientras torturaba enemigos. Pero algo lo frenaba. Sabía que esos ojos negros, profundos y vigilantes, no solo descifraban su rabia con claridad, sino que estaban listos para responder a cualquier estallido.

—Estoy aquí para enviar un mensaje. Un mensaje indispensable para la supervivencia de tu especie.

—¿Y por qué te importaría eso? —preguntó, desafiante.

—De nuevo con las preguntas banales y llenas de escepticismo. Eso no tiene importancia. ¿No crees que deberías primero escuchar el mensaje y luego juzgar por ti mismo?

Resignado, el agente exhaló lentamente y le hizo un gesto con la mano, cediéndole la palabra. En ese instante, las luces parpadearon. Primero un destello cegador, luego un zumbido grave que reverberó en las paredes, como si el sonido emanara del propio alienígena. Una energía invisible pulsó en el aire, y la sala de interrogatorios se llenó de un brillo intermitente que proyectaba sombras sobre el suelo. La televisión, apagada hasta ese momento, crepitó con estática. La pantalla titubeó y, de pronto, el rostro del extraterrestre apareció en ella, transmitido en vivo a todo el mundo. No había cámaras a la vista. No había cables ni señales de conexión. Y, sin embargo, en ese momento, en hogares, oficinas y calles abarrotadas, las personas detuvieron lo que hacían. Sus ojos se clavaron en las pantallas. Primero hubo incredulidad. Luego, un silencio absoluto.

—Humanidad —dijo el extraterrestre con solemnidad. —Han dedicado su existencia a descifrar los secretos del universo, a diseccionarlo con su intelecto y moldearlo a su voluntad. Han logrado maravillas, de eso no hay duda. No obstante, en el proceso han caído en la ilusión de que, a través de la razón, es posible alcanzar toda la verdad. De hecho, se han aferrado tanto a ella, que han reducido el mundo solamente a aquello que pueden nombrar, medir y, sobre todo, poseer, como si aquello que se escapa de su control dejara de existir. En su afán de comprenderlo todo, han terminado esclavizados por su propio ego, convencidos de que el dominio del universo es la única forma de encontrar significado. Han confundido la sabiduría con el conocimiento y la creación con la acumulación. Y así, en vez de construir un legado que los trascienda, devoran sin control cuanto los rodea, ciegos al hambre que los impulsa y que, poco a poco, los consume, arrastrándolos inevitablemente hacia la ruina de todo lo que han creado.

El alienígena hizo una pausa dramática, dejando que sus palabras se asentaran en la mente de sus escuchas. Luego, cerró lentamente sus enormes ojos negros. El agente, paralizado, apenas se permitía parpadear. La ira que lo había consumido momentos antes se había esfumado, reemplazada por un asombro que iba más allá de la lógica y el miedo.

—La razón es solo una herramienta, no un fin en sí misma. —continuó. —El mundo no se reduce a cálculos ni teorías, es mucho más que eso. Hay vivencias que jamás podrán encerrarse en palabras, experiencias que solo pueden sentirse, libres del mundo tecnológico y ficticio en el que se pierden por horas. Como la pequeñez abrumadora de estar frente a la inmensidad del océano, mientras la fría brisa acaricia tu piel bajo un cielo estrellado que parece no tener fin. O el instante en que dos miradas se encuentran, y, sin pronunciar una sola palabra, se dicen todo. O la euforia incontrolable de una risa genuina que te deja sin aliento, en un momento de felicidad pura y efímera. O la belleza indescriptible de una obra de arte que, sin razón aparente, te llena los ojos de lágrimas. O incluso, el dolor insufrible tras la pérdida de alguien a quien amaste más que a ti mismo

El agente sintió un nudo en la garganta. La imagen de su hija, corriendo tras una mariposa en el jardín apareció en su mente. Ella había sido su todo, su refugio tras la guerra, la única luz entre tanta oscuridad. Pero ya no estaba. Y en su ausencia solo quedaba un vacío imposible de llenar.

—No tengan miedo a experimentar todo lo que la vida ofrece —continuó el alienígena. —La realidad no necesita ser comprendida para ser vivida plenamente. Dejen que su percepción se libere de la necesidad de definirlo y poseerlo todo, y verán lo que siempre ha estado allí, aguardándolos.

El extraterrestre respiró hondo y abrió los ojos. En ese momento, sus palabras, dichas por un ser tan ajeno, lo hicieron parecer más humano que cualquier persona. Luego, su expresión impasible se suavizó, dejando entrever una preocupación genuina.

—No todo está perdido. Aún hay tiempo. No han llegado hasta aquí solo para sobrevivir, sino para construir y expandir la existencia misma. Pero antes de eso, deben recordar que deben aprender a percibir y a sentir. No como seres pasivos, sino como mentes despiertas, capaces de ver más allá de las formas y de los nombres. Solo así podrán abrazar su ego sin ser esclavos de él, usar su razón sin estar limitados por ella y moldear la realidad sin destruirla en el proceso. No olviden que su vida tiene un propósito: imaginar y crear el futuro que aún no ha nacido, permitiendo que todo aquello que es, siga siendo. Solo cuando entiendan esto, sabrán que ustedes son los constructores del mundo.

Con su mensaje entregado, la extraña corriente eléctrica que llenaba la sala se desvaneció. La transmisión en vivo se cortó abruptamente y las pantallas se apagaron, seguido por un silencio inquietante.

—Es hora de irme —dijo el alienígena.

El agente se puso de pie y dio un paso al frente, aún con la adrenalina palpitándole en las sienes.

—¡Espera! ¿A dónde vas? ¿Cómo vas a salir de aquí…

—Aún no lo entiendes, ¿verdad? —lo interrumpió con calma—. Físicamente, yo nunca estuve aquí.

El agente se quedó petrificado, con los labios entreabiertos e incapaz de articular una sola palabra. Quería retener a aquel ser, formular una pregunta más, pero de su garganta solo se escapó un gemido frustrado.

—La conexión que tengo contigo, y con todos los humanos, no es a través de la materia, sino de la consciencia. Tú me puedes “ver” y puedes “hablar” conmigo porque, en este instante y con mi ayuda, has abierto tu percepción. La realidad es infinitamente más compleja de lo que crees. Esta interacción, que podrías tomar por un sueño o una ilusión, es mucho más que eso… —se inclinó apenas hacia adelante, abriendo sus ojos negros en dos círculos perfectos. —Es más real que todo lo que tu mente considera real.

El agente sintió una presión repentina en el estómago, no de dolor, sino un cosquilleo extraño que le erizó la piel. Un vértigo leve recorrió su cuerpo, obligándolo a cerrar los ojos por unos segundos. Cuando los abrió, el extraterrestre ya no estaba. La sala quedó vacía. Solo el zumbido estático de la televisión sin señal rompía el silencio. Pero en su mente, la risa etérea de su hija aún resonaba con intensidad.

Incapaz de soportar el vacío en el que se encontraba, desenfundó su pistola con manos temblorosas y la dejó caer sobre la mesa con un golpe seco. Se quedó mirándola, inmóvil, como si el brillo opaco del metal guardara una respuesta. Los minutos pasaron, hasta que, desde las profundidades de su mente, las palabras del extraterrestre comenzaron a surgir: «La vida tiene un propósito: imaginar y crear el futuro que aún no ha nacido.»

Aquellas palabras lo golpearon con fuerza, distrayéndolo de su dolor, pero al mismo tiempo, abrieron la puerta a un recuerdo devastador: el secuestro de su hija. Escuchó nuevamente sus gritos desesperados resonando en la distancia, sintió la impotencia al no poder alcanzarla y revivió el instante en que le informaron de su asesinato. Lágrimas incontrolables cayeron por sus mejillas. Frente a él, la pistola pareció cobrar vida, mostrándole una escapatoria.

Con el corazón latiéndole en los oídos, extendió la mano y la aferró con fuerza. Sus nudillos se emblanquecieron por la presión de su agarre. La adrenalina lo sacudió, acelerando su pulso hasta que sintió que su cabeza estallaría. Cerró los ojos, respiró hondo y con un movimiento decidido, enfundó el arma. Luego, se puso de pie, abrió la puerta de la sala y salió con una determinación que nunca antes había experimentado.

En ese momento, lo supo. Su misión nunca había sido tan clara: luchar por un país más seguro, por un futuro donde ningún padre tuviera que cargar con el dolor que él llevaba en sus hombros. Cada paso que daba era un tributo a la memoria de su hija, un propósito que transformaba su pérdida en una fuerza imparable.

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